SIN ESPINAS
El Dios de Alonso
Por Javier de la Rosa
2 min
Opinión10-09-2006
Decía el gran pensador G.K. Chesterton que “cuando uno deja de creer en Dios comienza a creer en cualquier cosa”. Esto es lo que le ocurre a Fernando Alonso, el actual ídolo de la juventud y senectud de nuestro país. Por supuesto, como buen hijo de su tiempo, esto no sólo le sucede a él sino a buena parte de la sociedad occidental. Hace unos días el diario La Razón publicó un reportaje sobre las supersticiones de los pilotos de Fórmula 1 que afirmaba que Alonso es uno de los pilotos más maniáticos con estas chorraditas cargadas de irracionalidad. Entre ellas, destacaban por ejemplo estas: si un Gran Premio le sale bien un año, al año siguiente repite hotel, si puede también habitación e incluso cena lo mismo. Si en un Gran Premio saluda a un mecánico y todo va mal, en la siguiente trata de no encontrarse con él. Además, tiene múltiples amuletos: pulseras, anillos, muñecos... y el domingo antes de la carrera canta junto con su manager en una especie de rito sagrado. Se calza siempre el botín derecho antes que el izquierdo. Hace cábalas con números: suma los de su habitación, la de su padre y su manager y, según el resultado, sabe si le va a ir bien o mal en la carrera. Tras ganar el campeonato de Fórmula 1 el año pasado, un periodista le preguntó: ¿Esta noche a divertirse y a celebrarlo por todo lo alto con unas buenas botellas de champán? Fernando Alonso respondió con toda naturalidad: “no necesito alcohol para divertirme”. En ese momento pensé ¡Bravo!. El primer español que gana un campeonato de Fórmula 1 le acaba de hacer la mejor campaña de todas a la DGT. Además de ser todo un campeón al volante, se convierte en el modelo de conducta que esta juventud necesita. Sin embargo, el joven asturiano no ha podido dejar de caer en otro tipo de influjos absurdos que el pensamiento descreído de esta sociedad nos ofrece. El hombre tiene una necesidad natural de trascendencia e incluso de ser trascendido por un ser superior ante la evidencia de sus limitaciones de todo tipo. Pero lo que está fuera de toda verdad lógica -que supone la adecuación de nuestra mente y nuestro juicio con la realidad- es creerse que cualquier acontecimiento fútil como cruzarse con un mecánico concreto o haber dormido en la habitación x tenga alguna consecuencia determinada sobre nuestros éxitos o nuestros fracasos personales. ¿La estupidez? ¿La ignorancia? ¿Una degeneración psicológica que podría derivar en un comportamiento obsesivo compulsivo? Tal vez la mezcla de toda esta irracionalidad es la que aqueja a una sociedad que se deja miles de millones en horóscopos y tarots y que luego exige evidencias empíricas para cuestiones mucho más sencillas de creer.
