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CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR

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Fotografía
Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión28-07-2003

Siempre que comparan periodismo y literatura, comunicación y arte, parece que el segundo término de cada par sale ganando. El prestigio del arte, su libertad y autonomía, el compromiso único del autor con su propia obra elevan a la literatura a la categoría de lo inútil, lo bello, lo misterioso y lo puramente auténtico. De un tiempo a esta parte, sin embargo, me descubro más amigo de los periodistas. No de muchos. En realidad, más bien de pocos. Y la vecindad con ellos no viene, no puede venir, por su pureza, su desvinculación, su libertad y autonomía, su estar por encima del bien y del mal. En absoluto. Mi vecindad viene más bien del lado del compromiso, del rito religiosamente repetido, de su cita siempre puntual: en la misma página o a la misma hora, en el mismo lugar o medio, el mismo día de la semana. Decía El Principito de Saint-Exupery que lo esencial es invisible a los ojos, que lo importante no se ve bien sino con el corazón. Lo más importante en la expresión de un autor no es el mensaje, más o menos afortunado, sino la intención. La intención del artista puro es vomitar su universo interior, expresar lo que le sale de dentro sin que él pueda evitarlo. La intención del buen periodista no es expresar, sino comunicar. Compartir su realidad vivida con otra persona o, a lo sumo, con una familia, que no con públicos, receptores, espectadores, oyentes, etc. Comunicar es esa mágica forma de compartir algo no sólo sin perderlo, sino también ganándolo. Me decía un alumno de esos que apuntan a maestro que corremos el peligro de convertir el verano en un cementerio de días. Yo, la verdad, echaré de menos a mis periodistas favoritos, esos que dependen de un compromiso que les hace puntuales. Hasta su vuelta, leeré a los artistas, esos caprichosos que dependen de su caprichosa inspiración para venir a contarnos algo. Yo les tuve haciendo cola durante el año, para moderar sus caprichos e invitar sólo a los persistentes y tenaces, a los que se mantienen en el tiempo. Y usted, querido lector, disfrute de ellos este verano pero, por favor, no olvide venir aquí a mi vuelta, en septiembre. Como siempre, le estaré esperando.