CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
De nuevo, 11-M
Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión09-05-2004
Tenemos otro 11-M, esta semana, el de mayo, en el que se cumplen dos meses desde el atentado terrorista más grave sufrido por los madrileños. Para muchos, los atentados fueron ayer: tienen aún los nervios a flor de piel o lloran cada noche la pérdida de un ser querido (la muerte de parte de sí mismos). Para otros ha pasado ya un mundo desde el 11-M. Aquello fue un mal sueño, una pesadilla, algo digno de olvidar pronto, pues “hay que pasar página”, “la vida sigue” y “demos mirar hacia delante”. Me pregunto por todos aquellos que se encuentran hoy entre esos dos extremos. Me pregunto por aquel que dejó de llorar por las noches, aunque no quiere olvidar o, si olvida la masacre, recuerda que “el olvido está lleno de memoria” y mantiene presente este verso del poeta uruguayo. Me pregunto por aquellos que han ganado distancia de perspectiva, porque ni están empastados por la muerte y el llanto ni se alejaron frívolos hacia una isla de frío sol insolidario. Me pregunto quiénes serán y me gustaría descubrirlo en sus ojos. Me gustaría escuchar el canto de aquellos héroes que encontraron sentido a su vida tras el 11-M. Me gustaría bailar la música de quienes retomaron su camino perdido, quienes supieron iluminar su senda oscura gracias al mal presentado en toda su crudeza y esplendor. Pues cuando el mal se hace presente y aplasta espíritus vivos por millares, pierde su mayor baza: la de hacernos creer que no existe. Por eso, quiero vivir en los corazones que volvieron a latir, ya para siempre, cuando el mal salió de su guarida. Quiero leer los últimos capítulos de esa biografía escrita con sangre, con sudor o con sueños de esos que puede cumplir alguien despierto. Quiero tocar a todos estos, quiero conocerles, amarles y llorar de alegría rodeado de esos compañeros de batalla, ¡compañeros! Y quiero que todos ellos me recuerden, porque lo saben mejor que yo, que “la verdad será que no hay olvido”, como reza el mantra de Benedetti, y no hay olvido no por el odio absurdo consumido a solas, sino por la presencia eterna del amor. Al resto, sean prisioneros del dolor o esclavos de su ausencia, sólo un recordatorio: les toca mover ficha. El tiempo corre y la partida acaba. Y ellos no escogen el instante final. Sólo les cabe elegir la actitud y la misión que tendrán entre manos cuando la muerte venga a visitarlos. Lo saben los heroicos soldados: sólo cabe morir con las botas puestas.