CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
Se lo prometí
Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión01-09-2003
No he tenido verano, no pude descansar ni leer a los caprichosos artistas que tuve aparcados hasta el estío con la esperanza de disfrutar de ellos en agosto. Pero no pudo ser. Mi trabajo, que no es trabajo, pero que lleva más tiempo que el trabajo, me lo ha impedido. Ya saben: cosas pendientes e importantes más imprevistos igual a tiempo interior agotado. No obstante, les prometí hace cuatro semanas que me esperaran en septiembre, que contaran conmigo, y por eso me he presentado. Si dijera que no tuve alguna leve distracción, mentiría. Como eso no es propio de quien quiere dialogar de veras con los suyos, diré la verdad: tuve alguna leve distracción. En los breves momentos de reposo, encendía la televisión y allí estaba, siempre, a todas horas, todos los días, esperándome, la comisión de investigación sobre el escándalo en la Asamblea de Madrid. Ya saben, el entremés más aclamado del verano, protagonizado por Tamayo, Sáez, Romero de Tejada, Porta, etc. No es que fuera ese mucho descanso, pero me prometí a mí mismo un mínimo de política-ficción, para distraerme, y por eso lo vi en mis descansos. Anduve pensando estos días qué contarles a ustedes, y sólo se me venía la mala idea de hablarles de la promesa, de su necesidad para la convivencia y la supervivencia de la sociedad, pues ésta es una de las realidades sobre las que he investigado este verano. No me pareció oportuno para una columna de recién llegados de vacaciones un tema tan profundo, pero no puedo prometerles que no les hablaré de ella, pues no lo podría cumplir. La promesa es una de esas realidades vulgarmente devaluadas. Sin embargo, funcionamos con promesas constantemente y quien faltara a ellas sufriría sin duda las iras del resto. Por ejemplo: el banco dice que guarda mi dinero. Nos lo dice a todos, aunque luego resulta que lo va prestando por ahí. Si no confiáramos en el banco y no creyéramos en su palabra, tendríamos otro crash como el de 1929. Me acabo de enterar de que Aznar, quien prometió que se iría cuando terminara su proyecto de dos legislaturas, ya ha nombrado sucesor. Lo que yo ya sabía -otros nunca se lo creyeron, “cree el ladrón que todos son de su condición”- es que se iba. Es la ventaja de confiar en las promesas de quien promete lo que puede. Ya lo decía Suárez, maestro del matiz. Yo puedo prometerles, y prometo, otra cosa más: permanecer atento a la política-ficción que nos rodea con la esperanza de encontrar a otro hombre de palabra, y compartir con ustedes, si me dejan, tan notable acontecimiento. Lo que tampoco puedo prometer, y sé que ustedes me comprenderán, es que eso vaya a suceder pronto.