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EL CONTRAPUNTO

Fumar o no fumar, y en medio Villalobos

Por Juan Emilio MaílloTiempo de lectura2 min
Opinión10-06-2001

La primera autoridad sanitaria del país ha iniciado una cruzada contra el tabaco que cuenta con algunas medidas ciertamente peculiares. Para entender el contexto, dos apuntes: Celia Villalobos dice que ha dejado de fumar, pero no es del todo cierto. Personas cercanas a la ministra me cuentan que aún echa algún pitillo, que está llevando fatal lo de dejar de fumar y que, encima, tiene que someterse a una dieta impresionante para evitar que el dejar el tabaco le suponga coger demasiados kilos. Con este menú interno, Villalobos se va a Bruselas a pedir que el tabaco no se incluya en la cesta de la compra que usamos para medir el IPC. Vuelve orgullosa porque algunos países -particularmente Holanda e Irlanda- han dado el visto bueno a su medida. No es del todo cierto. No han sido algunos países, sino sus respectivos ministros de Sanidad, que es igual pero no es lo mismo. Prueba de ello es que el ministro de Economía español, Rodrigo Rato, no ha dicho esta boca es mía con eso de quitar el tabaco de la cesta para poder subir desmedidamente su precio. La hipocresía con la que se actúa contra el tabaco en general y los fumadores en particular es inmensa. Valga como primer ejemplo lo citado de la ministra, que presume de haber hecho lo que no ha hecho. La segunda es la pretensión de elevar el precio del tabaco excluyéndolo del IPC, un indicador que sirve para medir el coste de la vida, costes entre los que se encuentra el tabaco, lógicamente. Lo compara la primera autoridad sanitaria con la cocaína, la heroína, los porros, etc. que no están en el IPC. Parece no tener clara la ministra la distinción entre las drogas ilegales y las legales. Si tan convencida está de eliminar el tabaco que lo declare ilegal, pero sin persecuciones. Otro aspecto es el coste sanitario que provocan las enfermedades relacionadas con el tabaco. Las cifran en 650.000 millones de pesetas anualmente, aunque hay quien dice que son menos. Pues bien, el Estado, sólo en concepto de impuestos sobre el tabaco, ingresa al año 900.000 millones. No contamos los efectos de desarrollo económico, puestos de trabajo, etc. Le añadimos las subvenciones que se otorgan a los productores de tabaco. No parece normal el subvencionar la producción de un producto cuyo consumo se va a castigar posteriormente. En definitiva, con tanto nivel de incongruencias, no estaría mal que alguien aportara un poquito de cordura, aunque busco en el Gobierno y últimamente encuentro poca.

Fotografía de Juan Emilio Maíllo