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SIN CONCESIONES

Un cura diferente

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura2 min
Opinión09-06-2002

Valentín no es un cura cualquiera. Es párroco de El Espinar. Lleva muchos años dedicados plenamente a la Iglesia. Y está casado, con Dios, naturalmente. Pero ahora Valentín ha pasado de ser padre religioso a padre legal. Ha adoptado un niño. El pequeño se llama Alosa. Nació en Bielorrusia poco antes del accidente nuclear de Chernóbil. Ahí terminó su infancia, cuando apenas había empezado a vivir. Pero Alosa tuvo suerte. Dios lo llevó un verano hasta las manos de Valentín y, desde entonces, apenas se han separado. Se quieren como un padre y un hijo, con la salvedad de que Valentín es un simple sacerdote y su única mujer es la santa Iglesia. Este párroco de El Espinar tiene cara de buena persona. Cualquiera notaría a un millar de kilómetros que es una buena persona. Eso mismo debieron de pensar sus superiores y los asistentes sociales para permitirle adoptar a Alosa. Hoy en día no es fácil. Muchas son las parejas que se quedan sin lograr ese sueño. Aún siendo hombre y mujer, casados, con una vida estable e ingresos suficientes. Pero nadie dudó de Valentín, de su capacidad formativa, de su vocación de servicio y de su cariño al niño. Es un cura más de los muchos que tiena la Iglesia y de los muchos más que necesitaría tener así. No como los pederastas estadounidenses y los obispos del País Vasco. Ninguno de ellos sería capaz de acoger y educar correctamente a un chaval como Alosa. Esos no son curas ni merecen ser miembros de la Iglesia. Hace tiempo que debían haberlos cesado fulminantemente de todos sus cargos y expulsados de una institución con dos mil años de existencia. Una cosa es perdonar los pecados y otra distinta permitir al pecador que destruya reiteradamente la credibilidad y los principios que establecieron los primeros cristianos. Mientras Valentín ve crecer al pequeño Alosa, otros dinamitan la infancia de muchos niños con juegos de personas mayores o con cartas a favor de quienes explotan coches bomba. Estos últimos no son Iglesia y no deben serlo. Son una amenaza para su continuidad y un argumento al que aferrarse para quienes dudan cada vez más de ella. Parte de razón no les falta. Para pedir coherencia a los demás, primero hay que ser coherente con uno mismo. Y la Iglesia no lo ha sido con la Ley de Partidos. Se ha dejado llevar por el miedo y el corporativismo. Todo lo contrario que Valentín y Alosa.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito