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¿TÚ TAMBIÉN?

¬Cowboy¬ congelado

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión21-06-2009

Puedo mirar a los mimos durante horas. Son mimos, más que por no hablar, por mimetizar de su lentitud lo que les rodea. Todo se congela alrededor de ellos. Los transeúntes que recorren el mundo indiferentes a la vida que les rodea, detienen su paso o fijan la mirada ante los mimos congelados. Quizá comunican parte de su paciencia, de su ausencia de prisa en este mundo pasado de revoluciones. Aún siento cierta fascinación por ese cowboy gris ceniza que detiene el tiempo de su cuerpo a la espera del tintineo de una moneda arrojada por el penúltimo turista. Algunos transeúntes parecen ver un mimo por primera vez. Les asombra su quietud. Se ponen frente a él, agitan la mano con la inútil esperanza de logar inquietarle. Si osan posar junto a él sin arrojar moneda, salen despavoridos por el breve movimiento del mimo, aireado por la idea de que alguien pose a su lado sin pagar por ello. Su quietud provoca admiración, asombro, sorpresa... y su movimiento hace sonreír a los prevenidos y asusta a los confiados. Toda una lección sobre la naturaleza humana. Puedo mirar a los mimos durante horas, como puedo contemplar los glaciares durante horas. Es hermoso descubrir que hay otros ritmos en la vida. Movimientos invisibles para quien tiene prisa, pero soñados y previstos por quien tiene un corazón paciente. Los glaciares encierran una música callada que de vez en cuando produce una nota más alta, audible para el hombre. Es la presión del hielo sobre el hielo, en acumulación lenta y milenaria, que produce bloques tan fríos que unos cubitos pueden enfriar un whisky durante horas. Los glaciares se desprenden de bloques enormes de su propia masa, regalándonos formas y colores imposibles entre el blanco y el azul marino. Los que aprenden a mirar mimos y glaciares durante horas se preparan para descubrir la belleza secreta del mundo, que sólo se revela a los humildes y pacientes. Se forman para descubrir los detalles, para acompasar su corazón a los procesos lentos, que suelen ser los importantes. No dirán jamás: "la vida se me ha pasado volando", "cuando quieres darte cuenta, ya se ha terminado", "no he visto crecer a mis hijos", "no me di cuenta de lo que estaba pasando", "no sabía lo que tenía y no supe aprovecharlo". Los que aprenden a mirar los glaciares y los mimos no desesperan, no tiran la toalla antes de tiempo, ni piensan que todo está perdido, pues saben que un gesto más, un minuto más, un poco más de paciencia, tendrá su fruto. Como los mimos saben que todo turista es siempre y todavía el penúltimo. Allí donde los hombres acompasan su vida al ritmo natural de las cosas, sin forzarlas, sin hacerles violencia, aparecen los frutos granados del tiempo y se edifica, lento, pero seguro, ese lugar donde la vida se ensancha.

Fotografía de Álvaro Abellán

$red

Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach