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ANÁLISIS DE ECONOMÍA

Debajo de una baldosa

Fotografía

Por Gema DiegoTiempo de lectura2 min
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En el viejo barrio de mi madre, uno de esos barrios de toda la vida donde en tiempos de Franco la gente salía a tomar el fresco a la puerta con una sillita, como si de un pueblo se tratase, se comentó durante años aquella historia del matrimonio pobre, que compraba al fiado en las tiendas, que remendaba los calcetines hasta la extenuación, pero a cuya muerte se descubrió una fortuna escondida en el colchón de su cama. Para más inri, en este caso local los billetes aparecieron destrozados y chamuscados cuando una excavadora destrozó la casa, devorada por los designios de un moderno plan urbanístico, con lo que nadie pudo disfrutar de aquel dinero. Saco a colación este recuerdo porque la idea de guardar el dinero en un colchón, o debajo de una baldosa, está volviendo a aflorar entre cierto sector de la población, alarmado por las noticias que llegan de los bancos. ¿Estarán bien aquí mis ahorros? ¿Debería llevarlos a otro sitio?, se preguntan. Y entre tanto, no sirve como argumento decir que el Estado garantiza los depósitos hasta 100.000 euros. No vaya a ser que luego se eche atrás... Esta situación de incertidumbre viene motivada por algunas declaraciones de los grandes bancos, que anuncian que sus reservas anti-crisis sólo llegarán hasta 2010. O por ese extraño baile de las cajas de ahorros que pocos entienden y que tiene componentes económicos, políticos y un buen puñado de intereses personales y de lobbies locales que no quieren perder su cuota de poder y su nivel de vida por la reducción de puestos en los nuevos órganos de dirección de una hipotética caja fusionada. De hecho, también genera desconfianza que las entidades absorban liquidez como pozos sin fondo mientras les sigue costando horrores conceder un crédito. Por tanto, como el dinero se ve cada vez menos a través de este sistema, el método baldosa está volviendo a obtener predicamento. Ándense con cuidado, que quién sabe dónde se estarán creando estas nuevas cajas fuertes de andar por casa.

Fotografía de Gema Diego