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El valor de la historia

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión22-02-2009

El Mausoleo de Halicarnaso, una de las siete maravilla de la Antigüedad, fue una gran tumba monumental construida en mármol blanco para alojar los restos de Mausolo, rey de Caria, hacia el 350 a. C. No conocemos nada destacable de la vida de aquel rey, salvo la edificación de semejante obra. Gracias a ella, hoy llamamos “mausoleos” a los monumentos funerarios de cierta suntuosidad. El Mausoleo original sobrevivió a varias invasiones, aunque un terremoto en el siglo XV acabó con él. El edificio no sobrevivió, pero nos queda la palabra, el concepto y el ideal, como puede cualquiera comprobar al acercarse a cualquier cementerio. Fue la ciudad de Halicarnaso la que vio nacer al genial Herodoto, aunque 150 años antes de la existencia de Mausolo. Quizá fue, no obstante, providencial, ya que Herodoto es el padre de la historia, y quiso dejar por escrito lo que de cierto hubo en su historia reciente: “Para que el tiempo no abata el recuerdo de las acciones de los hombres y que las grandes empresas acometidas, ya sea por los griegos, ya por los bárbaros, no caigan en olvido”, según reza el primer párrafo de sus Nueve libros de la historia. Herodoto no daba mucho valor a las secuencias lógicas, ni a las cronologías, ni se desvivía por encontrar documentos o fuentes oficiales. Sin embargo, en un afán de separar el mito de la Historia, abandona el verso poético por la prosa científica y será el primero en identificar, por escrito, lo que considera cierto, lo que condena como falso, lo que enuncia como dudoso, o lo que sabe sólo por otros. Por el contrario, dedicaba mucho interés a las anécdotas y abundaban sus textos de digresiones, capaces de reflejar muy bien el ambiente de una situación o la cosmovisión de un personaje o un pueblo entero. Por ejemplo, puso en boca de un general persa, al tener noticia de que los griegos competían en las olimpiadas por una corona de olivo: “¡Contra qué clase de hombres hemos venido a combatir… hombres que no contienden por dinero, sino por mérito!”. Con esa sencilla frase, muy probablemente inventada, Herodoto dibujó muy bien la antítesis entre dos pueblos, el griego y el persa, condenados a enfrentarse durante generaciones. El pequeño ejército de los griegos estaba formado por ciudadanos libres que querían mantener su libertad. En Maratón combatió, por ejemplo, Esquilo, el padre de la tragedia, quien escribió en su epitafio que quería ser recordado por su valor en la batalla contra los persas, más que por sus victorias en los concursos literarios. El gran ejército persa, po r el contrario, estaba integrado por mercenarios y esclavos de la tierras conquistadas, y combatían bien por dinero, bien porque preferían morir de un solo golpe de acero griego que aplastados por quienes venían detrás, o lacerados por mil latigazos de quienes les empujaban al combate. Para Herodoto la historia era, antes que una colección ordenada de hechos y acontecimientos objetivos, memoria e identidad del pueblo. Tradición tanto en el sentido de conservar lo pasado, como de que ese pasado ilumine nuestro presente y nos aliente a edificar un futuro grande y hermoso. Herodoto sintió la necesidad de salvar del olvido las grandes batallas de griegos contra persas, para que el pueblo griego jamás olvidara el precio de su libertad, ni desdeñara su valor. Gracias a su inspiración podemos comprender eso de que “la historia es maestra de vida”, y si asumiéramos las revelaciones que nos brinda la Historia, estaríamos prontos a edificar ese lugar donde la vida se ensancha.

Fotografía de Álvaro Abellán

$red

Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach