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ROJO SOBRE GRIS

Lo ha dicho en alto

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura2 min
Opinión22-02-2009

Le hemos escuchado todos, por lo menos todos los que estaban a mi alrededor. Lo ha dicho en alto, con voz clara; tampoco a voz en grito, pero sí alto, como a quien se le escapa algo de forma natural; sin querer se le ha salido el corazón por la boca y sí: todos lo hemos escuchado. Ha dicho “gracias”. Lo ha dicho en medio de la Iglesia. Lo ha dicho justo cuando el sacerdote, que se llama Javier, ha terminado su homilía, una homilía preciosa, en la que nos ha hablado de una mujer de Rusia que vivió el comunismo y la persecución religiosa en la antigua Unión Soviética, y de que cuando daba conferencias en Alemania sobre aquella experiencia en el otro lado del telón de acero se sorprendía al encontrarse en el mundo libre a cristianos a los que no se les notaba que lo eran. Entonces Javier ha enlazado esa historia con el evangelio de hoy, que cuenta cómo unos hombres con fe, según dice San Mateo, cargaban a un paralítico en una camilla y hasta levantaron el techo de la casa en la que Jesús estaba para poner a su amigo enfermo cara a cara con Él, que lo podía curar. Javier nos ha invitado a hacer eso con las personas a las que queremos. Nos ha invitado a rezar por ellas; a ofrecernos por ellas para que reciban ese regalo que es tener conexión directa con Dios; a que seamos sus camilleros y a dar gracias por quienes han sido y son los nuestros, esos por cuya fe la hemos recibido nosotros también. En mi vida son muchos y sé que no los conozco a todos. Y además hay una cosa misteriosa, casi mágica y sencillamente maravillosa que es la comunión de los santos. Hasta hace poco tiempo me resultaba una realidad extraña, y creí que nunca la comprendería; es una expresión lejana para mí. Sin embargo es algo real y verdadero: vivos y quienes están aún más vivos aunque no estén entre nosotros configuramos una comunidad en la que se intercede y se media por quienes lo necesitan. Es como una gran comunidad de camilleros. Siento hablar de estas cosas, pues esta columna no es necesariamente religiosa. Pero me pasa muchas veces como a ese hombre de misa, al que sin quererlo le ha salido decir en voz alta lo que llevaba en su corazón. Y tengo que dar gracias a dos personas que están ahora en el cielo desde hace una semana, cuando en la montaña se realizó el último renglón del libro de esta etapa de la vida que tiene lugar en el mundo. A Sara la conocía. A Pablo no. Pero a ambos les digo gracias. Gracias porque se les notaba lo que eran. Gracias porque lo que fueron configuró la vida de muchas personas que hoy configuran e influyen en la mía. A quienes hablan en alto, Rojo sobre Gris.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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