ANÁLISIS DE ESPAÑA
Chicago, años 20
Por Alejandro Requeijo
3 min
España15-02-2009
Los rascacielos son sustituidos por urbanizaciones privadas de jardín y piscina particular. Aquí no hay callejones oscuros a evitar. Simplemente porque no los hay. Lo que hay son barrios residenciales en los que los rateros no pueden hacer su agosto. Lo hacen otros que, en lugar de llevar trajes de raya diplomática, lucen camisas de cuadros, pantalones de tonos camel –marrón claro para los no iniciados- y se mueven en todoterrenos de ciudad. Así es la mafia que actúa a sus anchas desde hace años por la Comunidad de Madrid. La estética es distinta, pero los métodos no tanto. Sobornos, tráfico de influencias. Todo igual que en los urbanamente selváticos años 20 de Chicago. Sólo que aquí no hay ni rastro de italoamericanos ni del glamour que mostraban aquellas películas de blanco y negro. No obstante, en esta historia cada uno desempeña un papel y hasta el final no se sabe quién es el malo. O mejor dicho, quién es el más malo. Están los que se lo han llevado crudo durante todos estos años. Acabarán en la cárcel. Seguro. Oportunistas de medio pelo con gomina, que algún día se creyeron invencibles sin saber que siempre hay un pez más grande. Ya no hay padrinos para ellos. Y si los hubo en el pasado cuando recurran a ellos habrán desaparecido. Porque en toda esta película nunca han sido el fin, sino el medio. Sería demasiado sencillo pensar lo contrario. Esta operación con nombre de carnicería alemana cutre ha explotado con toda su casquería fina. A un mes de las elecciones en dos territorios tan claves para unos y otros como Galicia y País Vasco. Además, las películas de gansters, espías, buenos y malos malísimos, siempre tuvieron más éxito que las cifras. Y sí estas son malas, con más razón. Pan, circo y cotilleos. En la trama -en términos cinematográficos se entiende- hay demasiadas coincidencias como para considerar la cosa un mero triunfo del Estado de Derecho. Porque más bien es lo contrario. Un juez metido a estrella que convierte de nuevo su Juzgado en un camerino. Allí se retoca el mechón antes de salir a escena para su enésima actuación como artista invitado -nunca mejor dicho-. Familias que actúan de arriba abajo y no al revés. Que tan sólo se encargan de decidir el dónde, el cómo y el cuándo. Y a seguir disfrutando de la ópera en la que la independencia sólo es un letrero en la puerta. Cacerías en las que se cierran acuerdos como hace cuarenta años y donde uno se apunta piezas al curriculum cinegético sin necesidad de pegar un tiro. Y por último, pero no menos importantes, secundarios nunca lo suficientemente reconocidos. Cual palmeros se encargan de que la información llegue en su temperatura justa al desayuno del respetable. Al final el dinero es lo de menos. Lo que importa es el poder y, sobre todo, la aniquilación feroz del enemigo. El final de la película será un puñado de ladrones más en la cárcel. Pero justo después de los créditos será inevitable el sabor que dejarán unas instituciones un poco más dañadas, mal usadas y podridas. Otra vez.
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Alejandro Requeijo
Licenciado en Periodismo
Escribo en LaSemana.es desde 2003
Redactor de El Español
Especialista en Seguridad y Terrorismo
He trabajado en Europa Press, EFE y Somos Radio