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San Benito y la dirección de equipos

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión15-02-2009

Abundan en librerías especializadas los ensayos de fácil lectura que adaptan la experiencia religiosa, moral o militar al ámbito de la empresa y quizá el más popular de todos sea el titulado El monje que vendió su ferrari. Estas analogías sorprenden a muchos, lo cuál, más que confirmar lo raro de las propuestas, nos habla de la ignorancia que el hombre tiene de sí mismo. El empresario, el monje, el militar… no son animales de especies distintas, sino hermanos de un mismo linaje, llamado humanidad. De ahí que todo análisis profundo sobre la realidad humana, hecho desde cualquier perspectiva, ilumina a todas las demás. Tanto el monje como el empresario -aunque muchos de ambas especies nos lo hagan dudar a veces- es, antes que monje o empresario, hombre. Cuenta San Benito, fundador de la Regla que ha regido en los monasterios durante más de 1000 años, cuáles deben ser las cualidades del abad. Abad viene de Abba, “Padre”, que es como Jesús llamaba al Creador en su oración. Por eso el líder del monasterio tiene una responsabilidad con su equipo. “No debe mandar al margen de la justicia” y será culpable de “lo defectuoso en buscar el provecho de sus ovejas”. Debe enseñar lo que es bueno o malo de un doble modo: “con hechos y con palabras”. Las palabras son, especialmente, para “los capaces”; y los hechos “para los duros de corazón”, a quienes sólo el testimonio de quienes tiene a su alrededor puede hacer cambiar de parecer. El abad debe también evitar favoritos, pero aplaudir el mérito y no disimular los errores, sino detectarlos y arrancarlos de raíz a tiempo y con toda su energía. Pero, ojo, combatir el pecado para salvar al pecador. Por eso ha de combinar “la bondad del padre con la severidad del maestro”. Siempre hemos dicho aquí que lo que distingue a un politicucho de un estadista es su capacidad para mirar a largo plazo. Por eso Sarkozy en su discurso en San Juan de Letrán creía conveniente que el político que ha de resolver los problemas urgentes de su pueblo dialogue siempre con las religiones, cuya mirada está puesta en la eternidad. San Benito lo formula así: “No se interese más por lo transitorio y caduco, sino por las almas”. Supongo que precisamente esta reflexión se hizo Roberto Servidje, uno de los fundadores y responsables de Bimbo, cuando en plena crisis económica mexicana, en lugar de echar cientos de personas a la calle, decidió abrir nuevas líneas de negocio y recolocar a sus empleados. No sólo salvó Bimbo, sino que creció y logró un compromiso y cariño de los empleados cuyo eco todavía conocemos. Por último, Benito sostiene que el abad “mientras se preocupa de la cuenta ajena, se cuidará también de la suya propia”. Esta verdad cristiana -servir a los demás es el mejor servicio que podemos hacernos a nosotros mismos- es quizá la que más sorprende a los empresarios, formados en el principio liberal del egoísmo individual como fuente de riqueza. Sin embargo, cuando la aplican sin perversiones, funciona. La Regla de San Benito, precisamente por no ocuparse de lo urgente, sino de lo permanente, habla al corazón y da claves de acción a cualquier hombre, viva en el tiempo que viva y desempeñe la profesión que desempeñe. De ahí que sea una hermosa y perenne regla sobre la que edificar, al margen de modas y en clave de eternidad, ese lugar donde la vida se ensancha.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach