CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
Brindar con las estrellas

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión17-02-2002
Es imposible explicar que Casiopea es una lágrima de la luna -recuerdo celestial de su llanto cuando los delfines de plata la abandonaron para sumergirse en los océanos de la Tierra, hace cientos de años- bajo el opresor techo de una discoteca. Eso lo sabe cualquier chica inteligente que se cruzara con Manolo un viernes noche en la madrileña plaza de Tribunal. Prohibir beber en la calle. Sólo se le puede ocurrir a quien nunca lo ha hecho. O a quien ha olvidado que lo hizo. O a un extranjero del norte. Jamás a un hijo del mediterráneo que sepa disfrutar de una copa con los amigos, contemplar un cielo cuajado de estrellas con su pareja, escuchar al mar fundido de negro con el cielo o las tres cosas a la vez. Para un madrileño nostálgico, basta incluso una cúpula de polución iluminada, una brisa alternada de flores de parque con veteado aroma de tubo de escape y el canto de una vespa desafinada. Eso es aire puro y espacio infinito comparado con el interior de cualquier local atestado de sudores, ritmos monótonos, alcoholes adulterados y densa niebla amalgamada con tabacos. Quizá deberían prohibir beber en los locales, donde todas esas circunstancias favorecen la violencia hasta de los porteros contratados, originalmente, para evitarla. Dicen que el botellón es una moda, pero la plaza nace como lugar de encuentro en Grecia hace más de 2500 años. Las plazas de los pueblos españoles llevan sirviendo alcohol, comida y música en directo de dudosa calidad y hasta la madrugada desde antes de ser españolas, y desde muchísimo antes de esta constitución tan repentinamente patriótica. Sí es razonable que las plazas y parques de encuentro para el botellón estén alejadas de hogares donde se debe dormir, y que estén preparadas para las necesidades de los jóvenes, pero eso es una cuestión trivial comparada con el grave problema de fondo: el alcoholismo juvenil. Un alcoholismo que no nace del lugar donde beben, sino del porqué beben hasta perder la conciencia. La cuestión es porqué este mundo ahoga los sueños de los jóvenes hasta provocarles la inconsciente necesidad de ahogarse, a sí mismos, en alcohol. Manolo y sus amigos pasean habitualmente por Tribunal y otros parques y plazas y nunca, nunca, una de esas chicas inteligentes que soñó con Casiopea quiso emborracharse aquella noche. Tenía una razón para beber con moderación y mantener plena su conciencia: volvía a creer en algo y quería, a la salud de sus sueños, brindar con las estrellas.