ORIENTE PRÓXIMO
La comunidad cristiana, a puñetazo limpio en el Santo Sepulcro
Por Luis Miguel L. Farraces
3 min
Internacional16-11-2008
Con un discurso que tradicionalmente ha ido encaminado a predicar la paz entre israelíes y palestinos, la comunidad cristiana de Oriente Próximo quedó la pasada semana en evidencia después de que sacerdotes greco-ortodoxos y armenios protagonizaran una batalla campal en la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. El templo, dividido entre seis iglesias cristianas diferentes al estilo del Berlín de la posguerra, es aún hoy foco de disputas entre las familias, que guardan sus zona de jurisdicción con exacerbado celo.
El suelo, posiblemente, más sagrado del cristianismo, el lugar donde la tradición sitúa el sepulcro de Jesús, fue testigo de una verdadera batalla campal la pasada semana. La guerra fría casi constante que protagonizan las seis familias cristianas con presencia en el templo desembocó en un combate de boxeo multilateral por otra más de las sencillas disputas que armenios, griegos, coptos católicos y demás acostumbran a plantear en el seno de la iglesia. Todo empezó con el deseo de la comunidad armenia de celebrar un tradicional rito en recuerdo al hallazgo en el siglo IV de lo que se cree que es la misma cruz en la que Cristo fue crucificado. Todo parecía transcurrir con normalidad durante los preparativos del festejo, hasta que prácticamente en el momento de iniciar la procesión los greco-ortodoxos exigieron que uno de sus monjes estuviera presente en el Edículo, un pequeño habitáculo en medio del templo en el que se encuentra propiamente la tumba de Jesús. Los armenios entonces se negaron aludiendo a que tal petición contravenía las leyes regulatorias del templo, y, sin prestar atención a sus vecinos se dispusieron a iniciar su procesión. Pero los greco-ortodoxos no estaban dispuestos a ceder en sus pretensiones. En vista del poco efecto que surgieron sus palabras entre los armenios, decenas de miembros de la comunidad helena bloquearon la marcha. Un gesto que fue el detonante último de la pelea, una verdadera batalla a puñetazo limpio que tuvo que ser sofocada por la Policía israelí, que entró con fusiles de asalto al templo y que detuvo a dos monjes por su comportamiento. Un templo dividido La Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén es desde hace siglos todo un mosaico de credos. En el que posiblemente sea el lugar más sagrado para todas las familias del cristianismo conviven giegos, armenios, coptos, católicos, sirios y etíopes, condenados a entenderse desde que en 1757 los otomanos hicieran una división de la iglesia al estilo del Berlín de la posguerra. Esa división, aún vigente hoy en día, estipula qué salas, altares y dependencias están bajo la jurisdicción de cada una de las familias, que guardan con extraordinario celo sus privilegios. Hasta tal punto llegan las disputas entre las diferentes iglesias que ha llegado a haber discusiones porque un sacerdote ha fregado baldosas fuera de su área de influencia e incluso por ver quién debe retirar una pequeña escalera de madera situada en la fachada del templo hace más de cien años para reparar una ventana, y que aún puede verse en su mismo sitio debido a la falta de acuerdos. Y es que el status quo de la Iglesia también estipula que hasta el más mínimo cambio que quiera realizarse dentro de ella debe estar sometido a un consenso entre las siete familias presentes, algo que paraliza sistemáticamente todas las necesarias reformas que el templo precisa. Tanto es así que las labores de reparación de la basílica después de un terremoto acaecido en 1927 sólo pudieron abordarse más de 30 años después debido a las discusiones, que también ralentizaron la conclusión de éstas hasta 1988. Este mismo año volvieron las discusiones después de que un informe arquitectónico desvelara la necesidad de reforzar la estructura de un monasterio etíope anexo a la Iglesia por la zona armenia, algo que no ha parecido sentar muy bien en el grupo ortodoxo. Y es que, hasta el momento, los armenios han paralizado el acuerdo necesario para abordar la obra ignorando las grietas que causa la debilidad de la estructura y haciendo oídos sordos igualmente a las recomendaciones de los técnicos, que incluso advierten del peligro de producirse derrumbamientos.