ANÁLISIS DE ESPAÑA
Viejas heridas

Por Alejandro Requeijo
3 min
España07-09-2008
Tenía casi ochenta años, pero lloraba como un niño recordando como fueron a buscar a su padre para darle el paseíllo. Habían pasado 67 años desde aquel verano del 36 pero él, entre esas lágrimas, juraba que se cortaría el brazo antes de votar al partido con el que hoy relacionaba a los que mataron a su padre. A alguien que no vivió nada de aquello le cuesta entender como a día de hoy algunos hombres, buenos, humildes, capaces de demostrar un amor infinito hacia hijos, nietos o desconocidos puedan albergar de repente un odio tan intacto ante determinados colores, símbolos o siglas. Pero a veces a uno le sorprenden gestos, actitudes y declaraciones que ayudan a comprenderlo todo un poco mejor: Ha dicho Rajoy que no es el momento de “abrir viejas heridas”. Y lo ha dicho para manifestar su rechazo ante la iniciativa impulsada por el juez Garzón de elaborar un censo de desaparecidos durante la Guerra Civil y el franquismo. Una posible herramienta para que miles de familias puedan tener la oportunidad de saber, más de 70 años después, donde están enterrados de manera indigna sus padres, maridos, tíos abuelos... Pero para Rajoy no es el momento. Recuerda peligrosamente a los argumentos que esgrimían los militares argentinos o los golpistas chilenos para evitar que la Justicia y la historia juzgasen sus crímenes. Ellos también apelaban a no agitar el caldo para irse de rositas. Esa no es la situación de Rajoy. El líder popular no necesita esconderse de nada. Precisamente por eso llama especialmente la atención su falta de sensibilidad. Su intento indisimulado de pasar a la fuerza una página negra de la historia de España sobre la que muchos aun buscan respuestas en cunetas y fosas comunes. Pero Rajoy dice que “con eso no se consigue nada”. Al decir lo que dice, Rajoy habla a título personal, pero sobre todo consciente de las siglas a las que representa, su pasado, su origen y, por qué no decirlo, a una parte de sus votantes -pero no a todos- a los que una de las dos Españas les sigue helando el corazón. Rajoy habla en nombre del mismo partido que se rasgó las vestiduras cuando se decidió quitar una estatua de Franco y sustituirla por un escudo de la Constitución. Ese símbolo que el PP ahora sí abraza -casi ahoga- a diferencia de lo que hizo en su día. Es decir, se eliminó un elemento de división y victoria (palabra que guarda siempre una opulenta relación con la derrota) por otro de consenso. Los populares apelaban entonces al respeto por la Historia. Pero la mejor manera de respetarla es estudiándola sin manipulaciones en libros y museos. Lo de rendir homenaje a dictadores en las calles es otra cosa que nada tiene que ver con la Historia. Sería interesante escuchar la reacción de Rajoy si se plantease la idea de exhumar una fosa común de asesinados por ETA. ¿Hablaría también de abrir viejas heridas?. Seguramente no. Se trata entonces de un dirigente que aspira a ser presidente de todos los españoles pero, sin embargo, no respeta que todos tengan derecho a velar a sus muertos de una manera digna. Simplemente porque les tocase pegar tiros en un bando que no era el suyo o del de su abuelo... hace 70 años. Vale que posiblemente Garzón haya dado este paso con el único afán de salir en las portadas. No sería la primera vez y seguramente tampoco la última. Puede que el divo este incurriendo en una falta de respeto atroz al azuzar en vano las esperanzas de mucha gente. Puede también que el Gobierno haya visto en esta iniciativa una oportunidad para esconder su falta de reflejos ante la crisis económica. Pero ni jueces estrella, ni Gobiernos ineptos, ni políticos torpes e inhumanos están por encima de causas objetivamente higiénicas, justas y necesarias. Por mucho que se empeñe Rajoy, su partido y su pasado, la única manera de evitar abrir viejas heridas es cerrar las que todavía existen.