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SERBIA

Cinco periodistas ¬rozaron¬ a Karadzic en el año 2000

Por LaSemana.esTiempo de lectura5 min
Internacional27-07-2008

Pese a que Radovan Karadzic fue capturado la pasada semana 13 años después del genocidio en Bosnia, un grupo de periodistas a punto estuvo de conseguir tal hazaña en 2000. Los reporteros, de vacaciones en Bosnia, pusieron de manifiesto el desinterés de las fuerzas de paz por capturar a los criminales de guerra. El artículo de uno de ellos, Scott Anderson, en la revista The Squire titulado What I did on my summer vacation (Lo que hice en mis vacaciones de verano) explicó lo sucedido.

Tres periodistas estadounidenses, John Falk, Scott Anderson y Sebastian Junger, antiguos compañeros de fatigas por el mundo como corresponsales, se disponían a tener unas apacibles vacaciones en la playa allá por el verano del año 2000. El lugar parecía algo inusual, Sarajevo, donde hacía tan sólo cinco años el régimen ultranacionalista serbio de Slobodan Milosevic había llevado a cabo una brutal limpieza étnica de bosnios musulmanes. Allí se reunirían con Harald Doornbos y Philippe Deprez, holandés y belga respectivamente, antiguos corresponsales en el lugar. Juntos disfrutarían de unos días en Sarajevo hablando de los viejos tiempos para después disfrutar del sol en las playas del Adriático durante unos días. Pero alguien se topó con ellos en su viaje, el mismísimo Karadzic, y en torno a él llevaron a cabo una aventura que dejó de manifiesto la pasividad de las fuerzas de paz de la OTAN por atrapar a los criminales de guerra. Cinco años después del genocidio bosnio, las fuerzas de paz de la OTAN y de Naciones Unidas se encontraban desplegadas en el lugar con dos supuestas misiones: velar por la paz y atrapar a los criminales de guerra, entre los que estaba el más buscado de los más buscados: el doctor Karadzic. No obstante, según el testimonio de los periodistas, la realidad en el lugar era muy distinta. Dividida la región en tres zonas de influencia regentadas por Estados Unidos, Francia y Reino Unido, los británicos fueron los únicos que desarrollaron algún esfuerzo en identificar y capturar a los genocidas, mientras que los norteamericanos y los franceses no deseaban poner en peligro sus tropas para tal misión. Los rumores apuntaban incluso a un pacto secreto entre criminales como Karadzic y el mando americano para que los criminales se mantuvieran fuera de la vida pública a cambio de protección. Karadzic, a escena Por aquellos días, una publicación llamada Slobodan Bosna publicaba dos informaciones interesantes. Por un lado, el testimonio de varios lugareños que aseguraban que Karadzic se había trasladado hacía unos días a la cercana aldea de Celebici. Por otro, el diario llevaba impreso un anuncio oficial de la Administración norteamericana ofreciendo una recompensa por la captura de Karadzic que detallaba un número de teléfono de colaboración gratuíto al que sólo podía llamarse desde los mismos Estados Unidos. Toda una hazaña. Atraídos por el rumor de que quizás Karadzic se escondiera en Celebici, el grupo de periodistas decidió viajar hasta allí para echar un vistazo dado que ir a la aldea tan sólo suponía un ligero desvío de su ruta hacia la playa. Convencidos de que era imposible que un grupo de cinco aficionados lograse acceder a Karadzic, los cinco periodistas programaron un viaje de un día a Celebici. Una vez allí se entrevistaron con el responsable de la Policía local de Naciones Unidas en la zona, al que Anderson llama Boris, quien, al ser preguntado por si Karadzic estaba en las inmediaciones del pueblo pensó automáticamente que los periodistas no son lo que dicen ser sino un grupo especial de la CIA. Entusiasmado por poder colaborar por fin con un comando que se dedica a actuar, Boris arma todo un aparato logístico de contactos alrededor de los periodistas convencido de que vienen a detener a Karadzic. Lamentablemente, el criminal serbio se esfumó de Celebici tan pronto como habían aparecido los rumores de su estancia en la aldea en la prensa según afirmó Boris, quien además desmintió el conocido rumor de que Karadzic se desplazaba con una escolta de 20 guardaespaldas en sendos automóviles. El genocida serbio se paseaba prácticamente sólo en compañía de algunos amigos. Entonces, si Naciones Unidas no cesaba de asegurar que no habría paz mientras los criminales de guerra continuasen en libertad ¿Por qué no se hacía nada por cogerlos? Ayudados por Boris, que creía servir a una misión especial, los periodistas hicieron diversos descubrimientos de la pasividad de las autoridades. Pasividad de las autoridades De la mano de Boris, los periodistas investigaron durante un par de días las inmediaciones de Celebici, descubriendo que en los puestos de mando de Naciones Unidas ni siquiera se tenían las listas de criminales de guerra en busca y captura, y mucho menos sus fotos. Asimismo, descubrieron que el mando de Naciones Unidas había ordenado a todas las patrullas que no se acercasen a Celebici en los días en los que estuvo Karadzic, que al parecer ahora se ganaba la vida junto con sus secuaces traficando con tabaco entre Montenegro y Bosnia. Durante su estancia en Bosnia, los periodistas llegaron incluso a conversar con un alto cargo del servicio de espionaje serbio que dio precisos detalles de las andanzas de Karadzic, su modo de vida, desplazamientos y lugares más comunes. El espía, que traicionaba así a Karadzic, ofrecía información suficiente para montar un despliegue de captura simplemente a cambio de algo de dinero y la nacionalidad norteamericana para él y su familia. Cuántos no habrían como él, se preguntaban los periodistas. Fin de la función Con varios días de aventura y aguardando más información, el mando estadounidense descubrió la trama del grupo de periodistas. Boris fue expulsado de la misión de paz y los cinco reporteros fueron encomendados a volver a casa dado que dejaron de garantizarles la seguridad en la zona. En la región se había corrido la voz de que un grupo especial de la CIA se disponía a cazar a Karadzic. Ellos no lo hicieron, pero pusieron de manifiesto que querer era poder, y que las autoridades de la zona no parecían estar muy por la labor de capturar a criminales como Karadzic por miedo a violentas manifestaciones o a que alguno de los suyos pereciese en el intento.