ITALIA
El fracaso de un modelo
Por J. F. Lamata Molina
3 min
Internacional27-01-2008
"Por fin Italia se ha librado de este Gobierno, este ha sido el peor Gobierno de la República", así de contundente se mostraba uno de los senadores de la derecha de los que ha contribuido a derribar al Prodi.
Objetivamente, el ex presidente de la Comisión Europea y primer ministro italiano ha fracasado en su intento de formar Gabinete, pero no es un fracaso que pueda achacársele a él, sino al complicado sistema electoral que padece desde hace décadas Italia. No ha sido Prodi un corrupto como Craxi, ni un mafioso como Andreotti, simplemente no ha sido capaz de superar la ineficacia de un sistema que dificulta hasta más no poder la estabilidad parlamentaria. La ley electoral italiana beneficia a los partidos y a las grandes coaliciones. El populista Silvio Berlusconi, el único primer ministro que ha conseguido superar la barrera de cuatro años en el poder en toda la historia del país, intentó reformar la ley para que el partido más votado tuviera un plus de senadores extras. Sobra decir que aquel apaño no ha sido suficiente. Un vistazo a la última década demuestra una cadena de fiascos. Uno de los pequeños partidos se desgaja y tumba al Gobierno En las elecciones de 1994 obtuvo su primera victoria aquella Forza Italia del magnate de los medios metido a político, Silvio Berlusconi, cuyo éxito en la monopolización de medios en su país sólo era equiparable fuera de EE.UU. con el australiano Rupert Murdoch, el alemán Bertelsmann o el español Jesús de Polanco. Pero todas sus promesas se fueron abajo a los pocos meses cuando la Liga Norte le retiró su apoyo, por lo que Berlusconi tuvo que dimitir a los pocos meses. Lamberto Dini, se pasó de las filas de la derecha a las de la izquierda para intentar formar Gobierno, volvió a fracasar y se tuvieron que disolver las Cortes. En los comicios de 1996 ganaba por primera vez Romano Prodi encabezando la coalición de El Olivo (172 escaños de 300). En 1998, el pequeño partido Refundación Comunista -con 35 escaños- retiraba su apoyo al Gabinete Prodi, que se veía obligado a dimitir. Le tocaba el turno el neocomunista D’Alema, quien renunciaba a poco más de un año, e idéntico camino seguía Amato. Finalmente volvían a convocarse elecciones. En 2001, la Forza Italia de Silvio Berlusconi obtenía una victoria de 193 escaños pese a rodearse de partidos radicales como la Liga Norte del extremista Bossi o los fascistas conversos de la Alianza Nacional de Giafranco Fini. A pesar de las polémicas, Berlusconi se mantuvo en el sillón presidencial los cinco años siguientes, algo sin precedentes en la historia del país. Es en ese momento cuando se le ocurrió introducir un cambio en la ley electoral para asegurarse de que el partido más votado obtuviera una amplia ventaja de diputados. Aquel cambio del sistema electoral le costó caro a Berlusconi, que perdió por décimas frente a Prodi en las elecciones de 2006, pero, de acuerdo con la nueva ley, la diferencia fue amplia. Pese a todo, ni con esas tenía Prodi la mayoría absoluta, para lo cual era imprescindible la coalición de las izquierdas, en especial con los tres escaños de la Unión de los Demócratas Cristianos de Centro: Han sido precisamente dos de esos tres (surgió un tránsfuga) los que han decidido tumbar a Prodi y cerrar esta legislatura sin que llegara a superar la barrera de los dos años de que fuera constituida. ¿Cuál es la solución? Disolución del Parlamento y elecciones, dicen muchos para beneplácito de Berlusconi. Pero existiría la solución más fácil: gobierno de coalición de los dos grandes partidos, que suman 368 escaños, una cómoda mayoría absoluta, como en Alemania gobiernan juntos SPD y CDU. Por supuesto, eso nadie se atreve ni a sugerirlo, si no se hace en España donde muchos diputados se gritan, ¿cómo lo van a hacer en Italia donde sus senadores hacen los cuernos, golpean, sacan champán o escupen en plena sesión parlamentaria? A eso no se atreve nadie en Italia desde los tiempos de Aldo Moro, y éste acabó como acabó (asesinado).