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TENIS

La ¬sintonía¬ de la Davis se hizo esperar

Por Alejandro G. Nieto (GINEBRA)Tiempo de lectura3 min
Deportes11-02-2007

Que suene Paquito el Chocolatero en una eliminatoria de la Copa Davis es sinónimo de alborozo de la afición española. En Ginebra, tardó en escucharse. España padeció todo tipo de contrariedades contra Suiza y, ya desde el primer día, lo pasó peor de lo esperado. Pero en cuanto la situación se enderezó, cuando el punto de dobles se puso a tiro, la alegría del equipo y de los cientos de aficionados españoles presentes se desató.

“No te pierdes una”, bromeaba uno de los fieles seguidores del equipo nacional al encontrarse con otro en el Aeropuerto de Barajas. “Tú tampoco”, le respondía sonriente su interlocutor. Los aficionados que acompañan a España en sus eliminatorias son, casi siempre, los mismos. Pero entre ellos destaca un grupo de andaluces, de Carmona, a los que acompaña una charanga. Su energía y su vitalidad impresionan. Parecen inagotables. El grupo interpreta constantemente un amplio repertorio del folclore español, mientras los demás siguen el ritmo y se entregan a la fiesta. El cansancio que les queda en el cuerpo es evidente. Y, en esta ocasión, con mayor motivo, pues el corazón se les alteró más de lo normal. Desde el primer partido, la eliminatoria fue un suplicio para los hombres capitaneados por Emilio Sánchez-Vicario. La pista, de moqueta, era excesivamente rápida, mucho más de lo esperado por los tenistas: “Ninguna pista de Taraflex de las seis que hay en el circuito tiene nada que ver con ésta. Son más lentas”, explicaban David Ferrer, Feliciano López y Rafael Nadal, unánimes. Además, como cuenta Rafa, “es peligrosa”. En unos pocos días, la superficie instalada en el Palexpo de Ginebra se cargó al suizo Stanislas Wawrinka –rotura de ligamentos–, a su capitán Severin Luthi –torcedura de tobillo– y al propio Nadal, que sufrió una contractura muscular. Todos coinciden en que ese tipo de pistas deberían ser prohibidas. Fernando Verdasco notó la rapidez de la pista en el primer partido, en el que sustituyó a Nadal, y también el aliento del público. Conforme iban pasando los juegos y la derrota se acercaba, la afición española seguía entregada. Pero se echaba de menos algo: al acabar la jornada con un empate inesperado, las caras de satisfacción eran escasas. El segundo día, el partido de dobles tampoco empezó bien. La extrema igualdad oprimía los pechos de los seguidores. Las palpitaciones estaban al máximo. Y en la grada, aunque no dejaban de cantar -España cañí, A por ellos,…-, seguía faltando algo. Si España perdía el punto de dobles, la eliminatoria se complicaba. La tensión era evidente. Pero todo cambió cuando Feliciano López y Verdasco rompieron el saque a la pareja suiza después de casi cinco horas de sufrimiento. Entonces sí, la euforia se desató. Comenzó a sonar Paquito el Chocolatero y todos los españoles, los cientos que estaban en la grada, las decenas que se encontraban en los fondos y los pocos del palco, se dejaron llevar. Bailaron la canción al unísono. Con el triunfo, la eliminatoria estaba casi finiquitada. Verdasco la cerró contra Bohli y, para entonces, la fiesta en la grada había alcanzado límites insospechados. Costó más de lo esperado, pero, al final, las más de 500 personas que viajaron a Ginebra regresaron satisfechas a España. Pese al cansancio por tanto trajín, ya estaban planeando la próxima salida. Aunque algo más lejos, concretamente en la ciudad estadounidense de Winston-Salem (Carolina del Norte), la banda sonora de la Davis seguirá sonando.