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CICLISMO

Armstrong, las ‘tablas’ de un heptacampeón

Por Roberto J. MadrigalTiempo de lectura2 min
Deportes24-07-2005

Lance Armstrong sacó adelante el último reto de su carrera y se despide del ciclismo desde lo más alto del podio de los Campos Elíseos, de donde nunca se ha bajado desde 1999. La veteranía para leer la carrera y dosificar sus fuerzas le sirvieron al texano para ganar por séptima vez el Tour. Francia se rindió a la evidencia y asistió a un desembarco americano para festejarlo.

El comienzo de la carrera ya deparó varias imágenes significativas: Armstrong, pese a un susto en sus primeros metros -perdió la sujeción en uno de los pedales de su bicicleta-, dio su primera exhibición y dobló al alemán Jan Ullrich, que se había golpeado la víspera contra el coche de su director. Tras algunas etapas de respiro, en las que el jersey amarillo de líder lo vistió su compatriota David Zabriskie, Armstrong recurrió al trabajo de sus gregarios, hombres experimentados como su compatriota George Hincapie, el español José Luis Rubiera y el portugués José Azevedo, para mantener el control de la carrera, con la ayuda ocasional de los equipos con velocistas para disputar las llegadas al sprint. Pero el control del Discovery Channel no fue tan férreo como en años anteriores: el abandono por una lesión de rodilla del jiennense Triki Beltrán supuso el primer contratiempo para el director Johan Bruyneel en las etapas de montaña. Luego, el efecto del calor -posiblemente- deparó una estampa sorprendente: ver a Armstrong sin ayuda en las rampas de los Alpes. Sin embargo, el estadounidense administró sus fuerzas y tiró de experiencia para mantenerse cerca de sus grandes rivales por la general Ullrich principalmente y, ya tras los Pirineos, el italiano Ivan Basso. Pero no consiguió ninguna victoria: aunque pudo romper la carrera en la primera etapa de montaña, la que acabó en la cima del Courchevel, el murciano Alejandro Valverde consiguió aguantarle a ruida y arrebatarle el triunfo. Pero la estrategia de Armstrong era mantenerse vestido de amarillo, y lo consiguió: en una carrera marcada por las escapadas -consentidas siempre que no hubiera peligro para la general-, el estadounidense mantuvo a raya en todo momento a Basso y Ullrich. Con fuerzas suficientes para seguir al italiano, el alemán llegó más justo en el aspecto físico y cedió un tiempo que ya no pudo recuperar en la contrarreloj de St. Etienne, donde Armstrong puso el broche de oro a su carrera. El paseo de homenaje al vencedor en París sirvió para que Lance, por fin, diese rienda suelta a la emoción de saborear un Tour al que ya no volverá, de repasar toda una carrera como ciclista en sus últimos kilómetros como profesional. Rodeado por sus hijos, por su ex esposa, Kristin -con la que superó su etapa más dura, la recuperación de un cáncer, después de haber sido campeón del mundo en 1993-, y su actual pareja, la cantante Sheryl Crow, en las celebraciones no faltó nadie: tampoco su descubridor, el actual presidente de la federación estadounidense, Jim Ochowicz. Francia rindió pleitesía, si no lo había hecho ya, al hombre que ha acaparado todos los jerséis amarillos en los Campos Elíseos desde 1999.