ANÁLISIS DE LA SEMANA
El rival más débil
Por Almudena Hernández
2 min
Sociedad13-04-2003
La guerra no ha terminado. Las guerras nunca terminan. Hay quien dice que las guerras acaban, pero ahí quedan sus secuelas: muertos, mutilados, enfermos mentales, fachadas llenas de metralla, campos sembrados de minas. El recuerdo siempre sobrevive a las guerras. Las guerras no terminan y es más: nunca ha de cesar la batalla contra uno mismo, el más fuerte de los rivales débiles, o viceversa. Al enemigo, a todas las personas hay que mirarlas a los ojos, tratarlas con respeto y, más que suerte, desearles salud. Con salud se puede trabajar, luchar contra uno mismo y contra las dificultades. También dicen que en las dificultades están las mejores oportunidades y que es entonces cuando se deben aprovechar y así se consiguen los sueños y se alcanzan los retos. Pero la posguerra, la reconstrucción de después de la batalla de la superación es la más complicada. Así de cruda es la realidad. Es entonces cuando cada cual debe resolver el más complicado de los enigmas y tener la cabeza muy fría. No todos los fines justifican todos los medios. En esos momentos la línea de fuego está bajo los pies, pues han de pisar el suelo; y en la cabeza, porque es una obligación respetar lo que uno es y acordarse de los demás. Siempre hay otras batallas perdidas y luchadores que necesitan munición de ejemplo, apoyo, consuelo, ayuda, justicia y, por supuesto, la más dura de las batallas se gana con amor. Es indispensable enamorarse de lo que uno hace, cuyo resultado, además, no suele ser obra de uno solo. Los sueños no son propiedad a título individual. Los sueños, las metas no las alcanza uno solo. Para subir al cielo con una escalera de mano alguien debe sujetarla en la base, con los pies atornillados en la arena, como cuando los toreros -esos “locos maravillosos”- citan con la verdad en el pecho, de frente a los pitones para poder hacer soñar con lo sublime, con lo casi perfecto. La perfección no se puede lograr, pero los sueños están para cumplirlos. La vida da muchos palos. Vivir duele. Pero ahí está la felicidad, aunque sólo sea para tocarla con la yema de los dedos. Gracias.
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Almudena Hernández
Doctora en Periodismo
Diez años en información social
Las personas, por encima de todo