CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
"Dejarse bailar"
Por Álvaro Abellán
1 min
Opinión02-12-2002
De quien no tiene carácter se dice que “baila a cualquier son”. De quien sabe acomodarse a las circunstancias, que “baila al son que tocan”. De quien se lleva la peor parte dicen que “baila con la más fea”. “Bailarle el agua” a alguien es adularle, complacerle. Se dice que uno “baila en la cuerda floja” cuando se mueve en asuntos poco seguros y a quien vemos alegre le decimos que “le bailan los ojos”. “Puede ser precioso dejarse bailar”, se inventa mi niña. Es un gran ejercicio de confianza. Pero dejarse bailar debe ser un acto razonado y voluntario. Como cuando suena una música conocida y queremos compartirla con otro poniendo en juego todo nuestro cuerpo, toda nuestra expresión. La música deja de sonar fuera para hacerlo en los poros del otro, y en sus labios, y en sus ojos, y más dentro, y nos movemos al ritmo de su corazón. Dejarse bailar es entonces un juego amoroso cargado de sentido, creatividad, responsabilidad, altura de espíritu, eclosión de belleza, sencillez, humildad, renuncia y alegría. Pero uno no puede dejarse bailar por cualquiera. Primero, por pudor; segundo, porque la confianza es una conquista de corazón y razón; tercero, porque la conquista debe renovarse cada día. Cuando se pierde el pudor o se regala o renueva gratis la confianza, bailador y bailado dejan de vivir un sueño y empiezan a morir en pesadilla. La música vuelve a sonar fuera y el baile es forzado, o mecánico, o arrítmico, o solitario. Hay parejas en la pista en las que sólo baila uno, o no baila ninguno, o se alternan sin demasiado acierto. Pero, no se equivoquen, no estoy pensando en el baile que pretende marcarnos el Gobierno a los españoles.