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APUNTES DE BANQUILLO

Unos Juegos a la medida del hombre

Fotografía

Por Roberto J. MadrigalTiempo de lectura2 min
Deportes01-12-2002

En un siglo –poco más– hemos asistido a la consolidación del fenómeno deportivo, que no conviene olvidar que nació con un saludable ánimo lúdico. Los Juegos Olímpicos nacieron, en 1896, con la intención de rememorar las Olimpiadas de la Grecia antigua: no había profesionales, ni deportes tecnificados, ni miles de atletas, ni inversiones billonarias para poner a punto las sedes olímpicas. Así que parece un acierto que el Comité Olímpico Internacional quiera poner coto a la expansión casi imparable de la repercusión económica y mediática que han experimentado los Juegos desde 1992, aunque sea por cuidar la gallina de los huevos de oro. El sobrepeso organizativo de los JJ.OO., que debe contar con miles de personas dedicadas a la organización, a la seguridad, a la construcción y mantenimiento de las instalaciones, además de los periodistas y atletas, que son el alma de la fiesta, hace cada vez más difícil albergar unos Juegos que están dejando de ser la única gran competición que se mantiene al margen de los grandes imperios comerciales y deportivos. Puesto que además tienen unas condiciones estrictas –su desarrollo en una sola ciudad y no exceder de 16 días–, es de agradecer que se revise el programa olímpico. No sólo por devolver unas Olimpiadas más de andar por casa, que permitan enterarse de las gestas que allí se cuecen, sino por retomar la grandeza de la superación humana sin hacer del deporte un fin en sí mismo. Queda un sentimiento de pérdida al excluir deportes como la lucha grecorromana, pero con otros, como el pentatlón moderno –esgrima, natación, tiro, hípica, que ya son disciplinas olímpicas, y cross–, poco se perderá. Lo mismo sucede con los deportes del bate, que no tienen un interés mundial… claro que EE.UU. y China son mercados demasiado poderosos. El concurso completo de equitación y el piragüismo de aguas bravas, en cambio, requieren infraestructuras demasiado caras. A cambio se quiere recuperar dos deportes que ya fueron olímpicos: el golf –con la oposición de los profesionales a jugar más de la cuenta y renunciar a suculentos premios–, y el rugby a siete, como hermano menor y más barato del que fue olímpico y hace vibrar en el Seis Naciones. Pese a todo, mientras que no sea sólo por ahorrarse cuatro euros, parece oportuna y pertinente la idea de Jacques Rogge. Eso sí, si le dejan. Hay demasiados dineros e influencias en juego, como para que los excluidos no vayan a ser una piedra en el zapato de los nuevos vientos. Pero sería una ocasión inmejorable para que los JJ.OO. se reencuentren consigo mismos. Ojalá sea cierto, aunque no lo podamos ver –probablemente– antes del 2012.

Fotografía de Roberto J. Madrigal