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SIN CONCESIONES

El síndrome de la gestión

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura5 min
Opinión05-08-2014

Todos acaban cayendo en el síndrome de La Moncloa. Todos los presidentes del Gobierno pierden el norte más tarde o más temprano. Todos olvidan la verdad de la calle y mandan como si caminasen dos palmos por encima del suelo. Felipe González modernizó España durante dos legislaturas pero luego se marchó con la sombra delictiva del GAL y Filesa al creerse por encima de la ley. José María Aznar encumbró España a la vanguardia económica pero, tras la fastuosa boda de su hija en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, provocó el declive de su propio partido por la soberbia demostrada en el accidente del Prestige y la guerra de Iraq. José Luis Rodríguez Zapatero apenas necesitó dos años para considerarse el mesías del país y perder la noción de la realidad en la negociación con ETA o la llegada de la crisis económica. Mariano Rajoy también vive su propio síndrome, inherente a su forma de entender la política y agudizado por la gravísima situación en la que recibió el poder. Rajoy vive el síndrome de la gestión. Cuentan sus propios compañeros que Rajoy es el presidente del Gobierno menos ideologizado que ha tenido España en 37 años de democracia. Cierto. Su bandera es el pragmatismo y su obsesión es huir de los líos. Adora la política de la gestión que descubrió siendo concejal de Pontevedra y presidente de la Diputación: colocar farolas, llevar la línea de teléfono a los pueblos o asfaltar carreteras. A lo largo de dos décadas avanzó por todos los niveles de la administración, hasta convertirse en vicepresidente del país. Lo hizo sin generar problemas internos pero también sin enfrentarse al referendo ciudadano en las urnas. Así aprendió, así prosperó y ahora es imposible -reconocido por colaboradores que lo han intentado- cambiar su mentalidad. Rajoy sabe todo, más que cualquiera de sus antecesores, de la gestión pero es al mismo tiempo el menos político de ellos. Los españoles agradecen la gestión cuando es buena pero al final suelen votar por sensaciones y sentimientos. No olvidemos que somos latinos y mediterráneos, por lo que el corazón predomina casi siempre a la razón. El balance de curso de Rajoy puso de manifiesto su particular manera de afrontar la política. Sólo ofrece una rueda de prensa extensa al semestre. Una en julio para hacer balance del curso y otra en diciembre para hacer balance del año natural. Se trata de una sana costumbre que implantó Zapatero y que Rajoy no ha tenido más remedio que continuar pese a su fobia a los periodistas. Dar explicaciones apenas va con él. El presidente considera, con acierto, que está para gobernar pero con frecuencia olvida que debe rendir cuentas de sus decisiones a los ciudadanos y que el instrumento para ello son los medios de comunicación. Cuenta lo que ha hecho pero pocas veces explica el porqué. Exige pedagogía sobre las reformas dentro de su partido pero no se aplica el cuento. Se conforma con machacar una idea de manera ocasional. Con Aznar, el PP utilizaba esa misma táctica pero repetía su propaganda 24 horas al día y siete días a la semana. Con Rajoy, el Ejecutivo apenas habla de viernes en viernes tras el Consejo de Ministros. Poco más. Soraya Sáenz de Santamaría en La Moncloa va por un lado y María Dolores de Cospedal en la sede de Génova por otro. Nadie dirige una estrategia común ni coordina mensajes. Este es el primer verano tranquilo de Rajoy desde que ganó las generales. En 2012 atravesó un sinvivir con la prima de riesgo en 600 puntos y la amenaza del rescate a España. En 2013 tuvo que comparecer en el Congreso en pleno mes de agosto arrinconado por el caso Bárcenas. Ahora el extesorero del PP no le preocupa lo más mínimo y la economía empieza a ir como un tiro. El PIB crece más de lo esperado y el paro acumula seis meses consecutivos de descensos. Sin embargo, las encuestas no reflejan la misma recuperación en la intención de voto para los populares. Ese es el gran problema de Rajoy, que dentro de poco será aún más grave que la crisis. La economía remonta pero el PP no lo hace porque los ciudadanos no tienen la misma percepción de recuperación que pregona el presidente. Los hechos y los datos demuestran que España está saliendo de la crisis a buena velocidad. Sin embargo, en la calle se ve con más escepticismo y pocos atribuyen el mérito al Gobierno. Rajoy piensa que los españoles claudicarán ante su buena gestión y volverán a votarle. Pero se equivoca y tiene como mejor ejemplo el antecedente de 2004, que vivió en sus propias carnes. Aznar logró cifras récord de empleo y crecimiento en España pero el PP perdió aquellas generales. Este verano tiene tiempo de sobra para reflexionar y darse cuenta de otro déficit, el déficit político que padece el PP. El síndrome de la gestión de Rajoy debe luchar contra la imagen de renovación que encarna Pedro Sánchez en el PSOE y el populismo de indignados que arrastra Podemos. Sólo con cifras, por buenas que sean, no revalidará la mayoría absoluta que ostenta y ni siquiera obtendrá un resultado holgado con el que seguir gobernando. Aznar logró mucho más y tuvo que ceder el testigo a la sonrisa encantadora y las promesas de cambio de Zapatero. El talante ganó al talento en aquella ocasión y puede volver a suceder en las próximas elecciones. Rajoy sólo tiene su gestión porque parece haber renunciado a la política. Su baza es la del sentido común y el orden frente al caos que llegaría con Podemos y una coalición de formaciones de izquierda. Esa es su táctica y esperanza electoral. Se trata de la enésima versión del discurso del miedo al adversario que ahora alienta con la figura de El coleta de mi tocayo. Esto es todo y cree que con esto le basta. Rajoy no ve más allá. Puede llamarse ceguera política o simplementa la plasmación del síndrome de la gestión.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito