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¿TÚ TAMBIÉN?

Una sonrisa

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión26-07-2010

“Somos responsables éticos de nuestro rostro”, me dijo una vez un buen amigo. Lo cierto es que su rostro es siempre bastante serio, somnoliento, despistado… pero también que, en algunos momentos, su voluntad de apodera de sus músculos y, sobre todo su mirada, es capaz de arreglar por sí misma muchas situaciones. Es verdad que la mirada es poderosa. En todo caso, casi siempre que repito su consejo para mis adentros lo imagino vinculado a una sonrisa. Los psicólogos que estudian la empatía y la relación entre la psique y el cuerpo concluyen que la sonrisa es contagiosa, y que la sonrisa del cuerpo es capaz de hacer sonreír al alma. Esta idea -que puede rastrearse en sabios tan alegres como Sócrates y tan aparentemente serios como Tomás de Aquino- es el fundamento de la risoterapia, tratamiento que en siglo XX ha incrementado los índices de supervivencia y recuperación de la salud de algunas enfermedades. Decía Nietzsche que los ángeles vuelan porque están alegres, mientras que el espíritu de la pesadez hunde a los hombres en el infierno. El pantano de la tristeza, en la Historia interminable, es capaz de hundir y matar a las almas más nobles… mientras que la alegría y la risa convierten a los tristes gusanos que se esconden bajo tierra en hermosas mariposas que llenan el cielo de colores. La risa, decía Ortega y Gasset, es la primera virtud de la mocedad. Reíd mucho, aconsejaba, para que en los momentos duros y difíciles que acompañan a veces la madurez tengáis llenos y rebosantes de risa y recuerdos alegres los sótanos de vuestra alma. Pero la risa no es suficiente, decía Ortega, si no es fijada por la amistad, potenciada por el amor y proyectada en el entusiasmo. Los manuales de liderazgo y trabajo en equipo aconsejan hoy sonreír como una herramienta para que fluyan mejor las relaciones laborales. Pero olvidan que la sonrisa no es fruto el movimiento voluntario de un músculo, sino que la sonrisa es expresión de toda la persona en el vibrar de su alma. Si no fuera así, la sonrisa se tornaría en mueca hipócrita y falsa; y entonces, el lugar de trabajo no sólo no se convierte en espacio de encuentro, sino que se rebaja a escenario de roles y falsas apariencias, donde la humanidad se retira y sólo quedan las máscaras. Muchas veces no nos sale sonreír a la primera, pero podemos sonreír a la segunda. Si no sonreímos porque toca o por quedar bien, sino porque nos decimos “merece la pena sonreír”, “esta persona merece una sonrisa”, nuestra sonrisa a la segunda no será hipócrita, sino auténtica. La sonrisa madura no es la sonrisa espontánea de niño pequeño, sino la sonrisa trabajada del sabio que quiere contagiarse de alegría y contagiar al mundo. Eso quiere decir que “somos responsables éticos de nuestro rostro”. Cuando encontramos hombres y mujeres que sonríen con toda su alma, sabemos en seguida que allí mismo podemos edificar ese lugar donde la vida se ensancha.

Fotografía de Álvaro Abellán

$red

Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach