¿TÚ TAMBIÉN?
Otro Nobel para la galería
Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión10-10-2009
Me sorprende que se sorprendan los que no esperaban el Nobel para Obama, pero comparto su indignación. Comparto su indignación porque el premio es, cuando menos, prematuro y voluntarista, como si de buenas palabras, gestos y sonrisas viviera el hombre. Es cierto que Obama ha hecho muchas cosas para que cambie el clima político internacional, pero también que a ese cambio le faltan frutos, que muchas de sus promesas pueden quedar sin cumplirse, y que nada peor para el clima que los anhelos insatisfechos. Pero me sorprende que se sorprendan, porque llevamos ya más de cien años de nobeles con más fallos que aciertos. En la colección de premios Nobel de la Paz, por no salir de esa categoría, tenemos a premiados que han ejecutado con sus manos u ordenado ejecutar a otras personas. Por otro lado, carecen de Nobel un buen puñado de personas que sí han trabajado por la paz y han obtenido resultados de talla mundial sin mancharse las manos de sangre. Y tenemos incluso algún caso de quien recibió el Nobel mereciéndolo, pero rechazó el premio públicamente, y algún otro que recibiéndolo lo rechazó en privado, por no dejar mal a la institución. Tenemos, además, entre los muy recientes, a quien lo ha recibido sin trabajar en absoluto por la paz… salvo que incluyamos la paz de las ballenas. La concesión del premio, que no entiende ni el 20 por ciento de los preguntados, según las primeras encuestas, viene a demostrar la fractura cada vez mayor entre dos mundos: el macro (político, económico, cultural) y el micro (el de los hombres de carne y hueso). El primero, que vive a costa del segundo y dice representarlo, ha perdido todo pie en la realidad y vive como una nueva clase social similar a la de los nobles del despotismo ilustrado: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Con una hipocresía y una falta de realismo que el pueblo sabio, pero impotente, no puede sino tratar con indiferencia o desprecio. Sólo algunos creen que es posible entrar en el “macro” y cambiarlo, mejorarlo desde dentro. Rezo por ellos. No porque sea imposible, pues bastaría aplicar dos principios políticos inventados hace miles de años: subsidiariedad y fomento de la solidaridad en el plano micro. La subsidiariedad consiste en que las instituciones superiores ofrezcan herramientas para que las inferiores puedan desarrollar sus derechos y libertades, incluida la solidaridad entre ellos. Pero el mundo macro no cree en esos principios. Cree, más bien, que el pueblo es estúpido y que, más que herramientas, necesita que se le imponga el criterio. Los premios decididos en despachos y con maletines son sólo un ejemplo. Las políticas de algunos gobiernos y de la ONU, otros. Las imposiciones en la educación obligatoria y en el plano universitario (léase ANECA y Bolonia), otro. Podríamos llenar páginas con ejemplos. Mientras quienes tienen fuerzas y posibilidades para entrar en el mundo macro intentan cambiarlo, el resto podemos hacer tres cosas. La primera, oponernos con las pocas herramientas que la ley deja en nuestras manos a esa hipocresía; la segunda, apoyar a quienes luchan por cambiarlo; la tercera, vivir, en lo posible, al margen de sus imposiciones y despropósitos, y esto es posible, pues allí donde dos o más personas se reconocen y tratan como tales, no hay gobierno, ley, premio, imposición o desgobierno que pueda impedir que entre ellos edifiquen ese lugar donde la vida se ensancha.