ANÁLISIS DE ECONOMÍA
La dignidad que nos queda
Por Gema Diego
1 min
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Nuestro trabajo nos debería servir para disfrutar. Desde luego que no lo es todo en la vida, pero sí una gran parte, dadas las horas que pasamos, solos o acompañados, generando un bien o un servicio que mejora la existencia de los demás. Pero hay gente que se empeña en que lo odiemos, en amargar las condiciones en que lo desempeñamos hasta convertir, en algunos casos, la tarea en suplicio. Uno de los requisitos esenciales para sentirnos a gusto en nuestro puesto, seguros y reconocidos es tener un contrato y una cobertura social. Pero el 60 por ciento de los trabajadores en el mundo continúan como en el siglo XIX, sin reglas escritas que limiten su explotación, viviendo en la economía sumergida. ¿Qué salida a la crisis puede caber así? ¿Qué respeto a la dignidad humana es el que no es capaz de humanizar el trabajo mediante su definición clara? La situación es grave en los países en desarrollo pero no nos es en absoluto ajena en el llamado primer mundo, donde la espiral del mercado exige cada vez más y ofrece cada vez menos. La precariedad en el tajo es una especulación tan brutal como la inmobiliaria, pero en vez de inflar su precio, como en el caso de los pisos y casas, el valor del trabajo se contrae. Y si para luchar contra la crisis hay que acabar con la burbuja inmobiliaria, no es menos cierto que ésta no morirá por completo si no pinchamos también la burbuja laboral.
