ANÁLISIS DE DEPORTES
De cómo se corrompe el espíritu olímpico
Por Roberto J. Madrigal
4 min
Deportes31-08-2008
Pocos se atrevieron a comentarlo, pero la perfección técnica alcanzada en Pekín 2008 supuso una anestesia para aquellas críticas en relación con los abusos de los derechos humanos en China. Una versión renovada de Berlín 1936, con los guiños a la sumisión del individuo en lo colectivo y al Ejército en las ceremonias de apertura y clausura. La operación propagandística del Partido Comunista fue un éxito, porque el maquillaje de las concesiones hechas en vísperas de los Juegos -autorizaciones para manifestarse que luego no fueron tales, censura relativa al acceso a Internet desde el centro internacional de prensa- no volvió a suscitar problemas. Lo más escandaloso, con todo, no es la cuestión nacionalista, por esperada, sino la cobardía del Comité Olímpico Internacional, amparada en la neutralidad. Una desvergüenza tal, la de unos directivos podridos por el trato de lujo al que están acostumbrados, y al que no renuncian, que llegó al extremo de negar las señales de duelo oficial por las víctimas del accidente aéreo de Barajas, en el que no hubo implicaciones políticas, como sí las hubo en cuestiones como el Tíbet y la injerencia rusa en Georgia. Menos mal que no se castigó a los atletas que, a título particular, sí compartieron ese duelo. Los Juegos de la XXIX Olimpiada, en Pekín, dejan una buena impresión, más aceptable relativamente por la mejora en relación con Atenas 2004, pero indicativa de que algunos problemas estructurales del deporte español siguen sin solución. En las dos disciplinas por excelencia del deporte olímpico, atletismo y natación, el fiasco ha sido rotundo. Especialmente en la piscina, con ninguna medalla y un solo finalista -que para colmo, anuncia que emigra a Australia para entrenarse-, una realidad que pone en tela de juicio, pese al lavado de cara de los Europeos, el trabajo de Mauricio Coconi. En el atletismo, con muchos veteranos, el patinazo de José María Odriozola fue de aúpa: tan sólo hubo una opción clara de medalla, Marta Domínguez. Hubo varios finalistas, sí, pero en muchos casos les faltó el gen competitivo para optar a más, como le pasó a Juan Carlos Higuero en los 1.500 metros. Pero el recurso al infortunio, como puede haber sido el caso del taekwondo y el judo, es relativo por la veteranía de los atletas. El número de medallas, estancado en el techo de 1992, revela las limitaciones del plan ADO, que al estar vinculado a los resultados deportivos, en algunos casos premia a atletas acomodados y en otros pasa por alto a atletas con proyección. Hace falta un impulso por parte del Consejo Superior de Deportes (CSD) y la voluntad de las federaciones por revisar su propia eficacia. Un modelo que la Federación Española de Baloncesto (FEB) y los chicos de oro, la imagen brillante de los Juegos junto a Rafael Nadal, ha sabido capitalizar mejor que nadie, aunque el ciclismo, el piragüismo y la natación sincronizada también pueden sacar pecho. Sin embargo, la propia marcha de Aíto de la selección ha dejado en evidencia las mentiras de José Luis Sáez, presidente de la FEB, en relación con su predecesor, Pepu Hernández. A éste lo acusó de incumplir sus compromisos, hasta fabricarse una excusa para despedirlo, y de tener un contrato firmado con un club ACB, lo cual se ha revelado falso. En cambio, negó esos mismos extremos con García Reneses, que fue muy hábil -todo sea dicho- para aprovechar las circunstancias y negociar unas cláusulas favorables en su contrato. ¿Y quién no hubiera hecho lo mismo? Si la FEB insiste en que su modelo no depende del seleccionador, ya que el entrenador es el último eslabón de la cadena organizativa, que pase el siguiente, y el siguiente... ahora el marrón es para Sáez, ya que tras no reconocer el trabajo de Pepu y contratar al mejor entrenador disponible, Aíto, se ve obligado a mejorar lo existente. La sensatez invitaría a reconocer el error, limar diferencias con Pepu y volver a contratarlo, ya que ha sido un excelente seleccionador, pero la soberbia y la obligación de hacer concesiones harían imposible tal posibilidad. Una lástima, pero que ilustra el camino que guía a muchos directivos que confunden la política y sus objetivos con el bien del deporte y de los deportistas.
