ANÁLISIS DE DEPORTES
Una gran final, pero no la mejor
Por Roberto J. Madrigal
3 min
Deportes20-05-2007
La Copa de la UEFA no tuvo perdedor, pero sí. El Sevilla se llevó la gloria, el doblete europeo –el único defensor exitoso del título había sido, hace dos décadas, el Real Madrid de la Quinta del Buitre– y la primera en la frente para una triple corona que sólo se antoja complicada en lo que respecta a la Liga. En cambio, el final de la extraordinaria campaña del Espanyol le confirma la etiqueta de segundón… a pesar de caer con honra, en uno de los mejores ciclos de su historia: dos Copas del Rey desde 2000 y un prometedor futuro con jugadores jóvenes. Pero la historia es tozuda y se quedará con estos detalles crueles, que no con las anécdotas. Cierto es que el conjunto perico no tuvo complejos para tutear al Sevilla, pero la final se resolvió por pequeños detalles. Uno: aunque tuvo que sufrir, el campeón supo aprovechar cualquier mínimo error para golpear primero en dos ocasiones. Dos: Iván de la Peña, Luis García y Raúl Tamudo, la columna vertebral del Espanyol, siempre estuvieron atados en corto y Ernesto Valverde no acertó con los cambios, como hizo Juande Ramos con la entrada de Jesús Navas tras el descanso. Tres: la expulsión del mediocampista Moisés Hurtado desequilibró a los catalanes cuando dominaban el partido. Y cuatro, un Andrés Palop decisivo con un pase de gol y un puñado de buenas paradas, que hizo valer su mayor experiencia con respecto a Gorka Iraizoz. Pero aunque hubiese tanta emoción en un partido extraordinario, ésta de Glasgow no es la mejor final de la historia. Sí lo es aquella que disputó el Alavés en 2001, cuando el modesto equipo vitoriano –acuérdense de nombres que tuvieron su momento de gloria como Cosmin Contra, Óscar Téllez, Javi Moreno… y un tal José Manuel Esnal, Mané, en el banquillo– maravilló en su estreno europeo y se cargó por el camino a la final a equipos como el Rosenborg noruego, el Kaiserslautern alemán y el Ínter de Milán… y en cuartos de final, al Rayo Vallecano que entonces entrenaba Juande Ramos. Una final que llevó al Liverpool de Gérard Houllier de vuelta a la elite europea, tras un épico toma y daca que tan sólo se resolvió en la prórroga, después de nueve goles, con un gol de oro en propia puerta. Nada que ver, pues seguramente fue mucho más cruel para quien perdió. Aun así, es cuestión de opiniones. Como si Roger Federer también será capaz de reinar también en la tierra batida. Su exhibición en la final del Masters Series de Hamburgo demuestra que es posible. A pesar del cansancio que pudiese haber acumulado Rafael Nadal, después de más de dos años ganando sobre polvo de arcilla, que el helvético diese con la estrategia para desarbolar el juego del mallorquín, y que lo hiciera además tras haber prescindo de su entrenador, Tony Roche, le añade picante al inminente Roland Garros, la última frontera del número uno del circuito ATP en su duelo con la historia. La versatilidad y finura técnica de su juego, su ambición y su progresión lo convierten en favorito. Ahora bien, en esas situaciones también se sabe desenvolver el titán Nadal. El desenlace no se hará esperar mucho.
