CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR
Mi última crónica
Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión16-10-2005
Buscadores de distintas partes de España cruzaron sus caminos hace algunos años en la recién creada Universidad Francisco de Vitoria, por aquel entonces aún adscrita a la Complutense. Buscaban su vocación y, cuando se miraron entre ellos a los ojos, empezaron a encontrarla. Serían periodistas. Buscadores de una verdad que no era para ellos, sino para gritarla al mundo, para comunicarla con justicia y claridad a los ciudadanos, quienes la necesitan para descubrir el complejo mapa del Occidente del siglo XXI. “Codo a codo” tuvieron fuerzas para crear La Semana. Revelando los secretos de sus corazones hicieron de ella su fuente de primeras prácticas, su escuela de periodistas, su primer sueño de ceros y unos tan reales como la celulosa tintada donde leyeron de pequeños a sus ídolos. Aquel sueño que ocho años después estás, querido lector, ahora leyendo, es fruto de un diálogo abierto y sincero entre buscadores. Un diálogo de personas con ideas, creencias, aptitudes y edades diversas, pero con una misma actitud: ofrecer lo poco propio y aprender lo mucho de los otros. El diálogo es la actitud propia del universitario. Lo fue en su inspirador clásico, Sócrates, el hombre más sabio de Atenas precisamente por saber que nada aprendería si no preguntaba y escuchaba a sus conciudadanos. Lo fue desde la aparición de las primeras universidades, cuyo método científico consistía en plantear colegiadamente una cuestión, exponer las objeciones, refutarlas -o admitirlas- y concluir por unanimidad o, si no era posible, mantener la pregunta, sin pretender una solución precipitada. Lo fue también para los universitarios que fundaron La Semana. Quizá por eso, cuando hace unos días varias redactoras semaneras me hablaron críticamente de mis artículos, lejos de levantar una defensa ofendida -cosa perfectamente posible en el ego del escritor- les pregunté qué esperaban de sus columnistas. Yo sabía que había agotado un camino, pero no hacia dónde debía ahora avanzar. Ellas dieron con la clave: me propusieron volver a los orígenes. Así que este buscador deja sus actuales aparejos y desempolva su vieja mochila para un nuevo viaje. Hacer la maleta trae nostalgias de etapas pasadas. La primera, con La Imagen de La Semana, formuló denuncias como Sonrisa nauseabunda y La economía de las tormentas. La segunda, estas Crónicas del espacio interior quizá demasiado personales, se despiden con un par de retos -afrontar los Tiempos difíciles y las 50 primeras citas-, y con algún recuerdo, como aquel Brindar con las estrellas. Ahora nace, ya con antecedentes como El valor de la familia, Ser universitario: buscador de la verdad, rebelde con causa, entregado a la edificación de la Civilización del Amor y abierto al diálogo con otros buscadores. Como aquellas redactoras que, en una cafetería universitaria, con la actitud de ofrecer lo poco propio y de aprender lo mucho de los otros, me descubrieron mi camino en esta columna de La Semana. Gracias, buscadoras. La verdad, incluso la propia verdad, también se descubre, siempre, en diálogo con el otro.