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SIN ESPINAS

Exhibicionistas

Fotografía

Por Javier de la RosaTiempo de lectura2 min
Opinión16-10-2005

Una persona le tocaba el culo a su pareja en la cola del supermercado. Después le daba un “estupendo” morreo y, a continuación, volvía a frotar su mano contra el trasero ajeno. Después, una palmadita para que avanzara porque la fila se movía. ¡Qué bonito! ¡Qué romántico! Sin duda no hay mejor lugar para ver este espectáculo que mientras uno espera en la fila de la compra. Yo empecé a sentirme incómodo y acto seguido me vinieron los remordimientos de conciencia. La voz de las modas sociales resonaba en mi cabeza. Me increpaba: ¡intolerante, carcamal, anticuado! Y yo intentaba defenderme: “lo siento, pero es que me siento incómodo”. Es que lo mirara cómo lo mirara, no lograba sustraerme. La imagen de exhibicionismo tan carente de pudor que estaba presenciando, me violentaba. ¿Cuál es mi delito, pues? El manoseador, talludito y todo un paradigma del macho ibérico, no paraba de frotarse con su pareja mientras miraba de reojo para ver si todos los demás percibían su “delicado” sobeteo. La fruición era permanente y el regusto que mostraba con sus muecas cada vez mayor. Se notaba que pretendía escandalizar y darle en el morro a los que simplemente habíamos ido a comprar comida y no a presenciar tanto exceso de celo. No me gusta juzgar intenciones pero ante una acción tan fuera de contexto, uno no puede sustraerse al hecho de que haya gente verdaderamente enferma. Los protagonistas de la acción eran dos hombres -y claro, ahora dirán algunos: “ya entiendo porque estaba nervioso el homófobo de turno"-. Pero la verdad es que si los protagonistas de tal escena hubieran sido un hombre y una mujer también me hubiera violentado. Y creo que mi juicio sobre la incorrección de ese acto sería el mismo. Ahora, ver a esos dos hombres manoseándose, tocándose las partes íntimas una y otra, dándose besos con lengua, en definitiva haciendo sexo en la cola del supermercado durante un buen rato, me dio especialmente asco. Ustedes me entienden, así que no finjamos más… Pero lo peor no es eso, lo más trágico era observar al más vehemente de ellos mirando de reojo cada vez que le sacudía una palmadita o un restregón a su compañero. Parecía decirnos: “¿los veis? Pues os jodéis, porque tengo a un Gobierno que ha dicho que ser homosexual está de puta madre”. Y ahí todos callados cómo prostitutas. O sea, que encima de vendidas, ahora tenemos que poner la cama. Mirando la situación, uno no puede abstraerse de la perplejidad de la misma. Allí todos estábamos confundidos porque no cejan en su empeño de volvernos locos en este mundo al revés. Tal vez si hubieran sido un par de adolescentes heterosexuales, alguien hubiera lanzado un grito: "¿oye, no os importa esperaros hasta llegar a casa?". Pero como eran gays, podían haberse puesto uno encima de otro en el mostrador, que a lo mejor terminábamos todos aplaudiendo. ¡Viva la libertad de expresión!

Fotografía de Javier de la Rosa