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CRÓNICAS DEL ESPACIO INTERIOR

Mi nación es la libertad

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión10-10-2005

Dos tesis nacieron casi al tiempo que la andadura de Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno. La primera, que era corto, incapaz de darse cuenta de las barbaridades que hacía y decía. La segunda, que era muy inteligente y que un plan invisible, oculto, inspiraba cada una de sus acciones. A estas alturas del partido, yo creo que las dos tesis son conciliables. Zapatero es un incapaz de darse cuenta de que es manipulado por personas más inteligentes que sí tienen un plan invisible, oculto. Zapatero nos ha sorprendido con su admiración por un Borges y un Cervantes cuyas obras ignora, como ha evidenciado su desconocimiento de El Aleph y su inventado republicanismo del Quijote. Zapatero ha sostenido con absoluta firmeza y a un tiempo que él no cree en esencias, pero que cree en el diálogo. Vamos, que no cree que las palabras signifiquen lo mismo para todos pero que, con esas palabras cuyo significado podemos inventarnos a nuestro antojo, es posible un diálogo constructivo. Claro, ya se ha visto que no es así. Primero, porque sólo dialoga con algunos. Segundo, porque hable con quien hable aquello parece más un diálogo de besugos que una discusión política real. ¿Cómo va a poder discutirse sobre algo si no importa el significado que demos a cada palabra? Zapatero, que nos vende como si fuéramos imbéciles que él no le da importancia a las palabras, se recrea y empecina en que determinadas leyes tengan unos títulos muy precisos, y ningún otro. Así, su primera ley se llamó de “Violencia de género”, contradiciendo los criterios de la oposición, de la Real Academia Española de la Lengua de los periodistas y de los juristas. ¿Inocente? En absoluto. Admitir la “teoría del género” no supone sólo una incorrección léxica, sino asumir toda una corriente de pensamiento ultra-feminista apoyada por el lobby gay cuyo preocupante contenido merecería otra columna. La segunda fue la ley del “matrimonio homosexual”. Aquí, el desgaste político que ha sufrido para sacar adelante la ley con esa palabra denota a un tiempo su imbecilidad y nos acerca a pensar que, de veras, otro mueve los hilos. Lo hace con la oposición en el Congreso, recurso al Tribunal Constitucional, oposición del Consejo General del Poder Judicial y de todos los organismos consultivos competentes. La última: pronto lo verán. La ley de “Dependencia” ha visto mutado su nombre por el de ley de “Autonomía Personal”. La peligrosa antropología que late bajo esta denominación también merecerá en su día otra columna. En definitiva, que tenemos un presidente que ama a autores que no lee, que apuesta por un diálogo cuyas palabras no significan nada y que, a un tiempo, bautiza leyes unilateralmente e ignorando los criterios de los órganos competentes. Y somos caritativos, porque aún no hemos entrado a analizar ni el rumbo de su política ni el contenido de las leyes. En el fondo, para desacreditarle no es necesario saber nada de política: basta escucharle de vez en cuando y tener sentido común. Si es que nos queda algo de eso en esta “nación de naciones” llamada “libertad”.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach