SIN CONCESIONES
El indigno fumador
Por Pablo A. Iglesias
2 min
Opinión09-10-2005
Siempre me he considerado una persona tolerante. Sin embargo, hay una cosa que jamás soporté: el tabaco. Desde pequeño, odiaba cuando alguien fumaba a mi lado. Detestaba cuando mi padre subía al coche y, nada más arrancar, encendía un cigarrillo. A muy corta edad comprendí las consecuencias mortales de aquel humo grisaceo que arañaba mis pulmones como la carcoma. Siempre fui intolerante con el tabaco. En el colegio, perdí a dos supuestos amigos cuando comenzaron a fumar. Y en la universidad, muchos compañeros se irritaban cuando me oponía a que fumasen durante los exámenes. Nunca he comprendido un vício tan maligno como el tabaco. Quizá por eso me alegré tanto cuando anunciaron que iban a limitarse las zonas de fumadores en los aviones, restaurantes y el trabajo. Fumar estaba de moda hace diez años. Cualquier adolescente estaba mal visto por sus amigos si no fumaba. Ahora, en cambio, los fumadores son perseguidos con campañas agresivas y mensajes demagógicos. Hasta Zapatero ha sentenciado que hay que dejar de fumar porque "es de izquierdas". Lo curioso es que el presidente del Gobierno es el primero que gasta media cajetilla durante un café de tres horas con periodistas. ¡Menuda hipocresía! Con estos datos, si fumar fuese de derechas, Zapatero sería más conservador que Francisco Franco. Fumar está mal visto, aunque millones de personas siguen encendiendo una decena de cigarros cada día. Rajoy también presume en público de no fumar pero en privado enciende los mejores habanos. Y no son los únicos. Al Rey, a la vicepresidenta Fernández de la Vega, al ministro Bono y a otros muchos les he visto dar más de una calada. El colmo de esta persecución a los fumadores llega con la nueva normativa antitabaco. A partir del 1 de enero, quien quiera encender un cigarrillo tendrá que salirse a la calle. El trato que la ley concede a los fumadores es equiparable al de los animales. Al igual que pasa con los perros, el fumador no podrá entrar en muchos restaurantes. Si quiere degustar un pitillo... ¡a la calle! En el trabajo ni siquiera habrá espacios reservados. La dignidad de estas personas queda reducida a nada por esta campaña antitabaco que supera los límites del sentido común. Quienes habitualmente defienden la libertad quieren ilegalizar el tabaco por la vía de los hechos. Pero lo peor de todo es que, al mismo tiempo, promulgan el libertinaje para que se legalicen otras drogas. Son los mismos que hace décadas ponían el grito en el cielo por la Ley Seca. Yo ni fumo ni bebo. Sin embargo, quedo perplejo ante este trato tan injusto, indigno y cínico.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito