SIN ESPINAS
Turismo Rural
Por Javier de la Rosa
1 min
Opinión27-03-2005
Las vacaciones, sean cuales fueren, se han convertido ya en un reencuentro del ser humano con la naturaleza. Actualmente, el hombre posmoderno vive esa necesidad de volver a sus raíces, a su estado primigeneo donde se reconcilia consigo mismo y se reconoce en esencia y existencia. Justo el proceso contrario al de la masivas migraciones urbanas y al éxodo rural que dejaron los campo de Europa vacíos de vida, de fresca actividad y de juventud. Ahora, en el momento que la frenética vorágine cosmopolita lo permite, el hombre busca un remanso de paz en el verde de las praderas, en el aire puro de las montañas, en el agua fresca, libre de cloro y mineralizada de los manantiales y al calor de una chimenea humeante de olor a madera. A esto que hoy se le llama turismo rural y que inunda hasta el cartel de "no hay plazas" los pueblos más recónditos de la serranía, le llamaban vida antaño. Lo cual nos induce a pensar que el progreso metropolitano nos la haya robado. Dicen que el hombre verdaderamente sabio se haya en estos lugares porque al observar la naturaleza se da cuenta de su verdadera misión en el mundo. Los signos del ambiente que le rodea, su superioridad respecto del resto de seres vegetales y animales creados para servirle, le hacen consiciente de su responsabilidad. Sin embargo, el ser urbano parece siempre perdido, desorientado y lleno de problemas difíciles de resolver. ¿Quién no necesita un psicólogo de vez en cuando para que le explique los lios en los que nos metemos dentro del marasmo de la gran ciudad? Crítícas, televisión, atascos, peleas, burocracias, papeleos, agendas, citas, horarios, mobbing, modas, estrés, etc. Saludos, queridos lectores, desde los Picos de Europa.
