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Iniesta, el pueblo de José Antonio, también tiene cielo. También tiene paisanos. También tiene amigos. Cuatro novillos de Victoriano del Río, de juego irregular, le pusieron la prueba. Y la pasó. Como pasó en el tiempo aquél 28 de septiembre en Las Ventas. Aquél día, el parte facultativo del doctor Pradós daba un pronóstico muy grave. Se temía por su vida. La sangre huía en cantidades oceánicas. La cornada le destrozó el muslo izquierdo y resultaron dañadas la arteria femoral, la safena y músculos de la ingle. Pero no. Cuatro meses después no fue igual. Al primero le cortó una oreja. Atrás quedaron las posibles secuelas de un hombre que casi no lo cuenta, y de hacerlo, sin movilidad en la pierna izquierda. Con el segundo, se gustó con el capote y destacaron dos tandas con la zurda. Tras uno de rejones que mató Leonardo Hernández (oreja), Iniesta cuidó al tercero pase a pase, cerca y pausado le alentaba a la embestida. El último de la tarde fue testigo de las buenas maneras de José Antonio. Los naturales, pases de pecho, y la mano baja marcaron en los tendidos. Resultado: dos orejas y rabo. ¿Qué más da? Si cuatro meses después que la vida le brindase una sonrisa, Alguien le brindó un nuevo paseíllo. Otro más que comienza por decir "Buenas tardes, con su permiso". Otro brindis para seguir luchando. Al que abría plaza le templó por verónicas. Una faena por bajo y lenta pudo resquebrajarse por el pitón izquierdo. El toro no quería entrar al trapo pero el diestro le arrancó un par de series. Dio la vuelta al ruedo tras una estocada trasera. Pasado el meridiano de la corrida, Caballero usó de su valor. El toro era muy distraído y no había otra solución que abandonar. Caballero encontró otra salida: el arrimón. Así, arrebató al de Santa Fe unos cuantos redondos por la espalda. Tras un pinchazo hundió la tizona en el morrillo del toro. Y cortó una oreja en La México. Sus compañeros de cartel, José María Luévano y Fernando Ochoa, no tuvieron tanta fortuna.
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