ELECCIONES GRAN BRETAÑA
Cameron, un híbrido entre el 'thatcherismo' y Tony Blair
Por Rodrigo Romero
2 min
Internacional07-05-2010
A sus 43 años, David Cameron pretende basar todo su gobierno en la personificación de un líder conservador del siglo XXI, menos rígido en sus postulados sociales (derechos de los gays, aceptación del aborto), aunque siempre anclado en la defensa de una mínima intervención del Gobierno.
Sus detractores ven en él la cara amable de los tories de siempre, pero muchos británicos pueden interpretar su moderación como la conquista del espacio de centro. Aún así, muchos no ven un hombre plural, modesto, con una vida con pequeñas y grandes tragedias, incluida la muerte de un hijo que padecía parálisis cerebral. Los británicos no terminan de fiarse de este producto de la alta sociedad británica, hijo de un broker de la City y de una aristócrata, educado en Eton y en Oxford, que trata de vender la imagen del nuevo Partido Conservador. Los tories, según Cameron, ya no son el partido de la gente "rica, blanca y de cierta edad", como lo definió el historiador Robert Blake. Tampoco es "the nasty party" (el partido detestado) de Margaret Thatcher, obsesionado con el dinero y dispuesto a bajar los impuestos de los ricos mientras recortaba los servicios sociales a los más desfavorecidos. Precisamente, el británico ganó fama preparando a los ministros de Margaret Thatcher y John Major sus intervenciones en televisión. Era un joven despierto e inteligente. Cualidades que enseguida atrajeron la atención de sus jefes y le hicieron ascender por la escalera del poder. Sin embargo, el heredero natural del thatcherismo se mira en el espejo de Tony Blair: la seducción que convierte al partido en una maquinaria ganadora de elecciones. El origen heterogéneo de sus colaboradores, el protagonismo que ejerce junto a su aristocrática esposa Samantha en la jet-set de Notting Hill (ricos y guapos, pero también más cercanos al mundo real) irritan sobremanera a la vieja guardia de su partido. Cameron se deshace en elogios de la sanidad pública y coloca la educación pública a la cabeza de su lista de prioridades. Pero los ciudadanos no acaban de creerse a este profesional de las relaciones públicas, que controla todos los resortes de la mercadotecnia y trabajó como director de comunicación en el grupo Carlton.