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ARTE

Llega a Madrid el culto al Impresionismo

Por Marta G.BrunoTiempo de lectura2 min
Cultura15-01-2010

El esplendor creativo llegó con el Impresionismo, un nuevo Renacimiento que eclosionó el arte. ¿Por qué encandila a tantos la vertiente artística impresionista? La prueba de tan importante éxito es la gran acogida de la exposición Impresionismo. Un nuevo renacimiento, en la Fundación Mapfre. Las 90 mejores obras de artistas como Monet, Manet o Renoir, traídas desde el Museo D’Orsay hasta Madrid, estarán visibles al público hasta el próximo 22 de abril.

Pinceladas vibrantes y lienzos planos. El movimiento impresionista significó un antes y un después en el mundo del arte durante la segunda mitad del siglo XIX. De hecho, apareció en un momento muy delicado, justo después de la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), y los sucesos de la Comuna de París (1871). La capital francesa fue la cuna de esta expresión plástica, y el maestro de esta vertiente Édouard Manet (1832-1883). La exposición dedica buena parte de su contenido a las obras que este artista solía exponer en el Salón de París. En ellas, se aprecian las lecciones de maestros como Goya y Velázquez y de los grandes de la escuela barroca. La obra más singular de Manet, y la protagonista de la muestra es El Pífano, creada en 1866. Sobriedad y austeridad son las claves de una pintura pura, y ejemplos de ello son cuadros de pintores como James Whistler. Uno de sus obras estrella, La madre del artista, pintada en 1871, se encuentra en la exposición, donde se hace especial hincapié al grupo de vanguardia que se creó alrededor de esta vertiente. Manet se rodeaba de jóvenes artistas, entre los que destacó Pierre-Auguste Renoir (1819-1877), Frédéric Bazille (1841-1870) y Claude Monet (1840-1926), acompañados de los portavoces de la renovación pictórica, como el escultor y periodista Zacharie Astruc (1833-1907) y el literato Émile Zola (1840-1902). Prueba de tan buen compañerismo es el cuadro Un taller en Batignolles -el barrio donde vivía Manet)-, dibujado por Henri Fantin-Latour en 1870, donde aparecen estos nuevos artistas. El retrato de unos a otros era una tónica de este grupo, que aguantó de manera estoica el rechazo que sufrieron desde diversos sectores, entre ellos el Salón de París, por estar lejos del arte establecido en el siglo XIX. Efectos atmosféricos La muestra también se centra en otro de los grandes maestros del Impresionismo, Claude Monet, que consigue maravillas con sus pinceladas, como se aprecia en La estación de Saint-Lazare (1877). Su gusto por los efectos atmosféricos es visible en obras como La urraca, donde las sombras juegan un efecto muy conseguido. Junto a él, los cuadros de Renoir, Pizarro, Cézanne o Degas enfatizan esta solidez y renovación estilística.