SENTENCIA 11-M
Lágrimas por una deuda no reparada
Por Alejandro Requeijo
7 min
España04-11-2007
La calle presenta un aspecto normal en el barrio de Alto Extremadura. En apenas unas horas, a pocos metros de allí, se leerán los detalles de una sentencia histórica. Sin embargo, la última mañana de octubre no se diferencia en nada de otra mañana de miércoles cualquiera de otro barrio madrileño cualquiera.
Si acaso los primeros fríos de noviembre que anuncian un invierno duro ponen la nota de distinción. Pero por lo demás, todo sigue su ritmo habitual. La gente se sigue levantando para ir al trabajo. Algunos cogen el metro preocupados por que hoy la línea no dé problemas y puedan llegar puntuales. Otros hacen una primera parada en la cafetería de Antonio para desayunar. Se aprietan el cinturón porque, entre el acoso de la hipoteca y el colegio de los niños, el primer café comienza a ser un lujo difícil de mantener. Mientras, otros se suben en el autobús pensando en sus cosas, desperánzose. Igual que decenas de personas lo hicieron aquella mañana de marzo en los trenes sin saber que iba a ser la última vez. Precisamente, a pocos a metros de allí, a aquella pesadilla le quedaba por vivir su penúltimo episodio. Los kioscos de la zona venden sus primeros periódicos anunciando la noticia: El tribunal hará pública hoy su sentencia sobre el 11-M. A medida que uno se va acercando al pabellón de la Audiencia Nacional en la Casa de Campo se percata rápidamente de que la aparente tranquilidad de antes se ha quedado sólo en eso, en una simple apariencia. El exhaustivo despliegue policial recuerda que ese no es un día cualquiera. Las tanquetas de la Policía Nacional apostadas a la entrada escenifican el nivel dos de alerta decretado por el Ministerio del Interior sólo para esa fecha. Se trata del grado de prevención más alto. En contraste con esa imagen está la hilera interminable de medios de comunicación que hacen guardia en los aledaños del edificio. Desde los de siempre, hasta invitados de lujo como la CNN o Al Yasira, pasando por una televisión de Surinam. Todos en directo, todos a la espera, inmersos en un mar de flashes, nervios y pruebas de sonido de última hora. Incluso alguna cadena ha desplazado allí su plató para no perderse detalle. El paisaje parece el propio de una gala de cine o una entrega de premios. Pero ahí no hay ni rastro de glamour, ni rastro de sonrisas millonarias. En lugar de alfombra roja hay un frío asfalto desnudo sobre el que desfila un grupo anónimo de víctimas. Encaran ese pabellón por última vez tras cuatro meses de juicio. Ahogados en recuerdos, en fantasmas. Seguramente esa mañana al levantarse hayan tenido que recordar de nuevo aquella llamada al móvil sin respuesta. Aquella cifra de heridos provisionales que emitían las radios una y otra vez. Aquellas visitas a los hospitales sin éxito. Y por último, el viaje de vuelta del siniestro pabellón de Ifema. Y de nuevo los por qués. Pare ellos no es un día cualquiera. Ni mucho menos. Acuden a la lectura de la sentencia esperando que la Justicia, el Estado de Derecho se comporten como tal y les reparen, al menos mínimamente, la deuda que les debe. Ya están aquí Los minutos pasan y la cuenta atrás avanza a toda velocidad. Hace un rato ya que los nervios se han apoderado de todo el pabellón. Víctimas, abogados, y periodistas comparten espacio y tensión. Unos miran el reloj, otros se dan los últimos abrazos de ánimo, mientras que los terceros corren y abrasan sus teléfonos porque el rumor dice que alguien ha filtrado parte de la sentencia. Al final se trata de una falsa alarma. Mientras, en el exterior, las sirenas anuncian la presencia de los acusados. Llegan en el interior de tres furgones de la Guardia Civil. Ya están aquí. Mucho antes había entrado Pilar Manjón, vestida de luto como todos los días desde la muerte de su hijo en uno de los trenes. La misma que se dio a conocer representando la indignación de toda una sociedad ante una clase política ridícula. Denostada por muchos y respetada por otros, Manjón es una referencia para todas las víctimas de su asociación. La siguen allí a donde vaya. Nunca va sola. No obstante, su cara es la de la desolación más absoluta. Cuesta mantenerle la mirada, pues sus ojos son la pura expresión del dolor y el sufrimiento. No te la crees hasta que la ves en persona y la tienes a un metro. En lugar de caminar, deambula con la vista perdida. Es como una pintura negra. Uno se pregunta cuantas veces habrá sonreído desde la muerte de su hijo. Los acusados ya están en su urna de cristal, el presidente del tribunal, el juez Gómez Bermúdez, hace su entrada en la sala y el pabellón entero contiene la respiración. Sus primeras palabras las dedica a desmontar la teoría de la conspiración. “La primera en la frente”, se escucha en una sala de prensa más abarrotada que nunca. El juez lee y la información comienza a volar. “Todo el explosivo procedió de Mina Conchita”…. “La mochila de Vallecas es válida porque las fuerzas de seguridad la custodiaron en todo momento”… Así, punto negro tras otro hasta que anuncia un receso de diez minutos. La gente aprovecha para respirar, fumar, desahogarse y, casi sin tiempo, hacer las primeras valoraciones. Incluso hay un resquicio por el que se cuela una dosis de humor nervioso. “Vengo del baño y me he encontrado a los de El Mundo colgados de su propio cinturón”, dice uno. Pero ya está, el juez retoma la palabra y encara el capítulo de las condenas. “Debemos de absolver y absolvemos a Carmen Toro, Antonio Toro y Rabei Osman”, lee Gómez Bermúdez. Sus palabras suenan como un gol encajado en el último minuto. Un jarro de agua fría, una sorpresa difícil de digerir para la mayoría. Y con esa sensación el tribunal pone el punto y final a tres años de trabajos. Sabor agridulce La lectura ha terminado y Pilar Manjón y el resto de víctimas abandonan el edificio con la misma cara con la que entraron. La misma con la que abandonaron la Audiencia Nacional cada día de juicio. Algunas lloran. Lagrimas de decepción y de zozobra después de dos horas manteniendo la respiración y el tipo. Mientras El Egipcio llora pero de alegría desde Italia donde cumple otra condena. También llora uno de lo jóvenes que trasportó los explosivos a cambio de hachís. El mismo que durante el juicio reconoció su culpabilidad y aseguró que aceptaría cumplir condena por ello al tiempo que añadió que nunca supo para que se iba emplear la mercancía. Le han caído cinco años. Esa noche ya no dormirá en casa. La sentencia ha dejado un sabor agridulce en casi todos. Cada uno al que le preguntas tiene un pero que hace que su satisfacción no sea total. Por ello algunos ya anuncian que recurrirán ante el Supremo. Uno toma nota y entiende que al 11M aún le quedan algunos capítulos más. Los minutos siguen pasando y el pabellón ya se va quedando vació. Al salir a la calle los medios y las tanquetas siguen ahí, pero ya no esperan a nadie y van recogiendo lo suyo. Tras alejarse del recinto que ha ejercido como ombligo del mundo durante las últimas tres horas, uno se topa de nuevo con la misma gente de por la mañana. Pero ahora en lugar de ir, vuelven en el mismo metro y en los mismos autobuses. Con cara de no haberse enterado de nada o, como mucho, de haber escuchado algún comentario a un compañero de trabajo. Vuelven a casa a comer o a dormir la siesta. Mañana para ellos, como para tantos otros, el día de la lectura del 11M no habrá sido más que una discusión de dos minutos en el bar o una sacudida de cabeza viendo el informativo, en definitiva, otro día cualquiera. Quizá algunos ni siquiera sepan lo que ha sucedido momentos antes a escasos metros de su sofá. Quizá sea ese el modo que tiene la sociedad de demostrar lo distinto que se ve la vida cuando no te ha tocado a ti.