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UNIÓN EUROPEA

El largo camino de la construcción europea

Por Miguel MartorellTiempo de lectura3 min
Internacional24-06-2007

El primer bache en la construcción europea se presentó poco después de que el grupo conocido como Los Seis -Francia, Alemania, Italia, Luxemburgo, Bélgica y Países Bajos- constituyera la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1951.

Los principios y objetivos de ese embrión de lo que hoy es la Unión Europea (UE), explicitados en la Declaración Schuman, comprometían a los firmantes en la búsqueda de un espacio común de paz para el que resultaría indispensable la rúbrica del proyecto de Tratado de la Comunidad Europea de Defensa (CED) en 1952. Francia provocaría el primer cisma en el proyecto europeo en 1954, al negarse a ratificar el CED. Los simpatizantes del general Charles de Gaulle -que cuatro años más tarde se convertiría en presidente de la República- veían en dicho tratado una forma de perder el control sobre el Ejército galo, movimiento contrario al que se unió el Partido Comunista, que veía en una fuerza militar europea un poderoso enemigo para el proyecto de Ejército rojo que pretendía crear. La resistencia de los sectores más nacionalistas y conservadores de Francia no impediría, sin embargo, que el proyecto europeo continuase. Los Tratados de Roma de 1957 potenciarían la construcción de un viejo continente unido con la constitución de la Comunidad Económica Europea (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom). Por aquellos años, Reino Unido ya mostró ese euroescepticismo que tanto ha caracterizado desde el principio a los gobiernos de Londres, aunque en los comienzos de la UE su postura era incluso de abierta -pero moderada- hostilidad. En 1960, promovería la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA, por sus siglas en inglés) junto a Austria, Dinamarca, Noruega, Portugal, Suecia y Suiza, como competidor directo de la CEE, pero perdería fuerza e influencia con los años al demostrarse el éxito de su rival. Al contrario que Reino Unido, Francia sí que ha sido uno de los países europeos que ha modificado su postura inicial con el paso de los años. Si al principio era una ferviente opositora a la incorporación de cualquier país que así lo pretendiera -Londres tuvo que esperar a la salida de la Presidencia gala de De Gaulle (1969) para poder aspirar con posibilidades a ser candidata- en los últimos años esta postura ha cambiado y, actualmente, pero por otros motivos, sólo se muestra reticente a la entrada de Turquía. Tras la entrada de Reino Unido en la CEE en 1973, las discusiones se centrarían durante cerca de dos décadas en la aplicación de las normas ya acordadas, como la Política Agraria Común (PAC) en cuya negociación Londres obtendría el famoso Cheque Británico -una suerte de descuento para los gobiernos británicos en la contribución común para la agricultura, un sector poco desarrollado en las islas inglesas-. No obstante, iniciativas como el Sistema Monetario Europeo y las bases de la actual UE se pusieron en marcha durante esos años. En la década de los 90, y tras la aprobación del Tratado de Maastricht, se otorgó un nuevo nombre al proyecto, Unión Europea, que, ya con 15 países en su seno, centraría sus discusiones en una integración económica más que política y social. Su debilidad quedaría en evidencia con la falta de acción y decisión en las guerras de los Balcanes, lo que favorecería que fuese Estados Unidos quien tomara cartas en el asunto con una operación militar tardía. El inicio del siglo XXI ha visto el desarrollo de una UE que no deja de recibir candidaturas y que ha alcanzado los 27 países, pese a que la palabra “crisis” acompaña continuamente a sus líderes y constructores. No en vano, el PIB de la UE se sitúa entre los mayores del mundo y económicamente se ha demostrado como todo un éxito. Tanto es así que el mayor problema al que se ha enfrentado en los últimos años es a la aprobación de la Constitución Europea. Aunque tras el “No” al nuevo Tratado de Francia y Países Bajos se ha llegado a decir que la Constitución Europea estaba oficialmente "muerta" -así lo consideró Nicolas Sarkozy en una entrevista poco después de ser elegido presidente de la República Francesa- lo cierto es que la crisis de la que se habla ahora se respira más entre las esferas políticas que en las sociales, donde los avances -la propia ciudadanía europea- compensan, de momento, a las imperfecciones.