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ANÁLISIS DE SOCIEDAD

La gallina de los huevos de oro

Fotografía

Por Almudena HernándezTiempo de lectura2 min
Sociedad05-05-2015

Aunque los políticos cacareen que España va bien, los datos claman al cielo: 1,7 millones de hogares están en la línea roja de la pobreza (si es que no la han cruzado ya), pues tienen a todos sus miembros en paro. Lo gritaba Cáritas hace unos días, que apela a la cultura de la justicia, antes que a pasar los problemas sociales por el taller del chapa y pintura de las medidas tan estéticas como electoralistas que ondean los aspirantes a representantes. Las personas sin hogar también merecen oportunidades, como las merecen los jóvenes desempleados y los inmigrantes.

Pero las denuncias de la ong católica caen en tierra mala y, además, encizañada. Una cosa es predicar y otra, dar trigo. ¿Quién trabaja gratis para atender al otro? ¿Quién se rasca el bolsillo y toma un buen puñado de euros -no limosnas de cobre- para que ese desconocido coma en condiciones? Ni quienes nos damos golpes de pecho lo llevamos a la práctica ¿acaso lo harán esos líderes repentinos que ha vomitado la mal entendida socialización de la política?

Todos esperamos que la gallina de los huevos de oro termine de cacarear para meter la mano bajo las plumas
No nos engañemos. Los programas electorales están para no cumplirlos. Alguien lo dijo y pocas veces una afirmación ha sido tan certera. Y no sólo porque los políticos, como los periodistas, sean de esa clase social (casta, quizás) que cae mal a muchos.

Todos nos llenamos la boca con bonitas palabras que muy pocos cumplirán; todos hacemos cábalas, calculadora en mano, de lo mucho que gana el vecino, pero no consideramos las horas de sangre, sudor y lágrimas que le ha supuesto; todos vemos la paja en el ojo ajeno y la viga apenas nos molesta para divisar el horizonte; todos apelamos a los derechos pero los deberes son más raros de revindicar que un mirlo blanco; y todos esperamos que la gallina de los huevos de oro termine de cacarear para meter la mano bajo las plumas y hacernos con el fruto de su vientre.

No nos engañemos. Todos acabaremos haciéndolo. Sentiremos ese calor viscoso y extraño y, claro, terminaremos por pringarnos la mano a cambio del ansia de lograr el huevo dorado. Aunque sea un pequeño huevito de nada. Y, como dicen en los pueblos, aunque esté huero.

Fotografía de Almudena Hernández

Almudena Hernández

Doctora en Periodismo

Diez años en información social

Las personas, por encima de todo