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ROJO SOBRE GRIS

7 euros que no podré pagar

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura2 min
Opinión17-07-2014

Era un chiringuito cualquiera, un chiringuito de playa, de pueblo, de feria. Un chiringuito como cualquier chiringuito al lado de otro chiringuito igual a cien mil otros chiringuitos del que no esperarías nunca nada especial. Sólo nos acercamos mi hermana y yo. Como a 20 metros de distancia se había quedado mi padre, en su silla de ruedas y con mi tía, alejados del tumulto y el gentío. A veces me acerco a los chiringuitos -o a las cosas, ¡y hasta a las personas!- con una dramática desmesura: con esa incívica, triste y desmesurada distancia del corazón de quien no quiere ser molestado, ordenando con la mirada que no se te acerque nadie a más de un metro y medio, y que a ningún consejo, sugerencia o palabra que sea pronunciada se le ocurra llegar a tocar tus tímpanos sagrados. Recorrimos los sombreros con la mirada, como cazadoras avezadas de puntería precisa. - ¿Podemos llevarnos estos dos? Para probárselos a mi padre, aquel señor de allá. Será sólo unos minutos.- De entre la oscuridad había surgido como un faro entre la niebla un joven negro, alto, que nos respondió: “Sí”. Desde hace un tiempo no siempre entendemos todo lo que nos dice mi padre. Es por su enfermedad. Tampoco él entiende lo que nosotros hacemos. Es también por su enfermedad. Pero lo pronunció sin dudarlo: "El blanco no”; y aquello sí lo entendimos. Lo entendimos nosotras y lo entendió el dueño del chiringuito, que nos había seguido, delicadamente atento, para observar de cerca a mi padre, su rostro, su cabeza, su forma de ser. Ni nos dimos cuenta, pero allí estaba de nuevo con sombreros que antes no habíamos visto, escogidos con tino. Traía un gran espejo redondo atravesado en su mitad por una grieta diagonal, delante del que nos puso a todos para que mi padre pudiese verse reflejado, y gustar por sí mismo el sombrero con el que se encontrase mejor. Es precioso, tostado, de ala recortada. Está rodeado por una cinta azul y roja. Nos costó 7 euros que nunca podré pagar. Rojo sobre gris a ese trato exquisito accesible a todos, al que no le importa cuánto a cambio va a ganar. Rojo sobre gris a cuando nos tratamos bien, a cuando pensamos en el otro de verdad; a cuando convertimos en millonario cada euro, en eterno cada segundo, y en hermano a cada uno.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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