ANÁLISIS DE CULTURA
La sonrisa frente al ladrido
Por Marta G. Bruno
3 min
Cultura21-05-2014
Una sonrisa dibuja su cara. El brillo del sol se refleja en ella aunque esté cubierto bajo oscuros nubarrones de malas ideas. Tiene seis años, pero sus consejos son tan necesarios y sinceros que se ha convertido en esa mejor amiga que tanto le había costado buscar. Con sólo seis años da soluciones lógicas y eficaces. Las primeras en el orden de prioridades…pero las más difíciles de tomar en realidad. “Hija, la vida es más difícil que todo eso, ya te darás cuenta”. Y cierto es. Intereses de uno y de otro. Hipótesis, variables. El esquema a la hora de tomar una decisión, con sus pros y contras, llena un folio entero. Y tiene que ser un niño el que nos ponga los pies en el suelo, nos recuerde que nosotros también lo fuimos, que los golpes que da la vida nos han colocado una armadura tan resistente que nos ha dejado casi sin sensibilidad. Aprieta el frío, incapaces son los sentimientos. Los mayores no hacemos muchas preguntas porque son incómodas. A veces nos gustaría plantearlas, pero esa valentía que inunda a los pequeños se consume como una vela. Poco a poco, y sin darnos cuenta, nos moldeamos a la sociedad en la que hemos crecido por decaimiento, comodidad o miedo. Nos dejamos de tirar a la piscina desde el trampolín, miramos las atracciones con otra perspectiva, el despegue del avión pasa de esas cosquillas graciosas que de pequeño sonaban a juego, o las turbulencias que daban más emoción al viaje. Qué divertido era ver a su madre con cara de descomposición. Pasan los años, y la gota de sudor frío cuando uno aprecia que el avión se está moviendo demasiado. De esos pequeños detalles a las grandes decisiones de nuestra vida. Demasiado escepticismo, mucha prudencia, escasa improvisación. Ni uno ni otro son buenos, pero sí un puñado de esas de esas tres caras ponen la guinda a eso tan apasionante que se llama vivir. Y es esta reflexión, fácil de exponer pero difícil de calar, una consecuencia de uno de los experimentos sociológicos más maravillosos. El de observar cómo un producto aparentemente para niños engancha a los mayores. ¿Qué es un sindicato? ¿qué pasa en Cuba? ¿yo tengo derechos? Preguntas incómodas lanzadas al vuelo por un niño cuando lee a Mafalda. Cara de estupor trazada en el padre, pero curiosidad por conocer a un personaje al que querrían parecerse. ¿Cómo sería la Mafalda de hoy? ¿sería el símbolo del espíritu del cambio? ¿Sustituiría a los partidos como la nueva referencia? No estaría de más que este país contara con un símbolo que, aunque a carboncillo, pusiera orden en medio del agotamiento, inmerso en su propia y colectiva decadencia. Pero…¿habría capacidad para ello sin lograr un linchamiento? Una Mafalda que lograra sacar los colores a ambos colores de la paleta bicolor. Que no dividiera a nadie más. Que no sólo grite “paren el mundo que me quiero bajar”, que llene de sentido el mundo recubierto de hollín, aunque lo haga en blanco y negro. La sonrisa del niño esbozada entre ladridos. Toda una proeza.
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Marta G. Bruno
Directora de Cultura de LaSemana.es
Licenciada en Periodismo
Estudio Ciencias Políticas
Trabajo en 13TV
Antes en Intereconomía TV, La Razón y Europa Press