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ROJO SOBRE GRIS

Soy carapepino

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura2 min
Opinión28-09-2012

Estaba enmarañada en mis ensimismamientos, indecisa sobre qué escribir. "Algo ligero, que ha empezado el otoño, para que vaya a juego con el viento" -he pensado-. Así que de un soplido me he ventilado a los políticos y la política. ¡Fuera plomo! Una lástima, porque tengo entre manos una interesante discusión en Twitter con mi director de periódico, Pablo A. Iglesias, sobre la verdadera naturaleza de la raza política: "Tú dices que son buena gente, y yo digo que no es eso lo que toca valorar", ha sido mi último tuit. Entiendo ese impulso de quienes están dispuestos a cargarse a todos los políticos -verbalmente-, porque le pasó a la expresidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre con los arquitectos. Pidió disculpas, es verdad, pero tendríamos que darle las gracias por la lección que nos dio. Se deleitó bien con aquel argumento que parafraseo: no soporto a los arquitectos -dijo- porque se mueren y ahí nos dejan su obra fea. Toda una moraleja que se puede aplicar cualquiera. Miremos a los políticos: se mueren -o se van- y ahí nos dejan sus leyes, sus agujeros negros, sus pensiones vitalicias, sus odios heredados, sus prebendas, sus deudas, sus bankias y sus rotas. Nuestra vida deja huella en nosotros y los demás aunque hayamos muerto. Que le pregunten a Eva hasta dónde pagamos las consecuencias de aquella cosa que hicieron ella y Adán, y cuál fue el precio del rescate. Los políticos me aturden pero me han vuelto a enredar, y yo no quiero hablar de políticos. Gracias a Dios, sólo es eterno lo bueno, y una salvación ha llamado a mi puerta en forma de hermana y cuñado: ¡Escribe de carapepino! -me han sugerido- ¡que a todos nos va a gustar!. (Son arquitectos buenos que no guardan rencor y construyen esperanza). Así que gracias a ellos hoy traigo esta obra fresquita que se llama Carapepino. Es un regalo de la huerta, una obra natural, y un juego divertido. Yo siempre pensé que un carapepino era un hombre de cara alargada, pero este verano, cuando me convertí por 30 días en una niña, descubrí jugando con la comida que no, que el secreto del adjetivo carapepino como el secreto de todo en la vida está en el interior: en el interior del propio pepino. Pincha aquí y lo descubrirás. Rojo sobre gris a los carapepino, a los que necesitamos que nos abran para querernos y para sabernos queridos. Necesitamos que vean nuestras caras: todas. Necesitamos ser amados, aceptados con todos nuestros rostros: los feos; los bellos. Rojo sobre gris a la naturaleza que nos habla. Juega con la realidad: lo descubrirás. Y tú ¿eres carapepino?

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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