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SIN CONCESIONES

¿Hay políticos honrados?

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura5 min
Opinión27-09-2012

España es un país de modas absurdas. La mayor de las tonterías puede convertirse en tendencia si va condimentada con media ración de populismo, tres cucharadas de burla, un pellizco de ignorancia y dos trozos de extravagancia. Así llegó a Eurovisión el Chikilicuatre. Así calaron en el idioma palabras inventadas por Chiquito de la Calzada. Así convirtieron a Belén Esteban en la princesa del pueblo. Así alcanzaron el liderazgo de audiencia programas basura como Sálvame o Aquí hay tomate. No importa la calidad del producto o su veracidad. Cuando se pone de moda, la plebe lo consume, lo mastica y lo traga hasta la indigestión. La última moda en España consiste en criticar, insultar y acusar a los políticos de toda clase de delitos por el mero hecho de estar afiliados a un partido u ostentar un cargo público. Ya sean ministros o concejales de pueblos pequeños, la moda los equipara a ladrones, estafadores, mentirosos, corruptos, sinvergüenzas, incumplidores, aprovechados, inmorales, chorizos... incluso asesinos, aunque su único crimen consista en apretar un botón de "Sí" en el Parlamento. Se cuestiona a los políticos y se duda de ellos hasta la mofa. Las encuestas demuestran un creciente desapego entre los ciudadanos y los políticos. Queda patente en el barómetro del CIS que elabora el Gobierno. En julio, el 25 por ciento de la gente señaló a la clase política como el tercer problema de España, sólo superado por el paro y las dificultades económicas. Es evidente que la credibilidad de los políticos no atraviesa su mejor momento, pero el resultado de los sondeos no prueba que nuestros políticos sean malos, ni corruptos ni chorizos ni inmorales ni sinvergüenzas. Las encuestas miden tendencias y recogen modas, y criticar al político está de moda. Pero las encuestas no constatan la verdad. Que la mayoría piense algo no significa que ese algo sea verdad. Una mayoría fue la que elevó al poder a Hitler en la Alemania de entre guerras. Una mayoría parlamentaria refrendó en 2003 la guerra de Iraq. Y una mayoría de 11 millones de votos fue la que ratificó en 2008 a Zapatero como presidente del Gobierno cuando la crisis económica empezaba a dar los primeros síntomas. Queda claro que las mayorías también se equivocan. Cuando la mayoría carga genéricamente contra la clase política, comete una grave injusticia. En política hay buenos y malos, como en todas partes. Entre los mejores que he conocido estaba Roberto Soravilla. Era diputado en el Congreso de los Diputados. Tenía 67 años. El pasado viernes murió de cáncer en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Roberto era pintor de profesión y aterrizó en política de casualidad, invitado por otro maestro de la cultura y amigo de las letras. Su cameo en la política permitió que conociera a fondo las entrañas del sistema diplomático y militar. Fue el portavoz del PP en materia europea y colaboraba habitualmente con el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (Ceseden). Roberto tenía como única ambición cultivar la mente, aprender y ayudar a su país en el ocaso de su etapa profesional, que al final también ha sido el crepúsculo de su vida. Era honrado, sumamente educado, sensato en sus argumentos y prudente en las exposiciones. Tenía carácter pero sólo elevaba el tono cuando hablaba en la tribuna y cuando reía. Ahora que nadie puede tomar represalias porque la muerte ya le ha impuesto el mayor de los castigos, puedo revelar que era una buena fuente informativa. No porque conociera muchos entresijos internos y los contase, que no era así. Era buena fuente porque nunca me mentía y, hoy en día, esa es la mayor de las virtudes que puede exigirse a una persona, especialmente a un político. Roberto podría haber sido mi padre por edad, de hecho tenía sólo dos años menos que mi mentor genético. Hace un par de legislaturas que entablamos amistad a pesar de duplicarme los años. Era un gran conversador. En nuestra última charla, hace escasas semanas, me confesó su enorme preocupación por Europa. Estaba convencido de que la UE se rompía y el continente se iba al garete. Me sorprendió semejante tenebrismo, inusual en él, y lo achaqué a los efectos posteriores a la quimioterapia. Antes del verano coincidimos varios días en Navacerrada, en los cursos de verano de la Fundación FAES. Él siempre acudía para aprender de los demás, pese a que pertenecía a una generación superior a la de los maestros y parecía el abuelo de todos los alumnos adolescentes. Siempre se acercaba a saludar. Solíamos estrecharnos la mano e incluso fundirnos en un abrazo. Ese día creo recordar que lo hicimos por última vez. Fue la manera de celebrar que se encontraba bien, mucho mejor que en primavera, cuando caminaba sin vello por los pasillos del Congreso. Sin embargo, dos meses después ha muerto mientras rozaba una jubilación tranquila y acomodada tras años de servicio a su país. Roberto se ha marchado pero quedan otros muchos como él. Me gustaría dar nombres pero el periodista debe proteger sus fuentes y los comprometería en un partido donde siempre han visto mal intimar con periodistas. Los políticos son personales normales, como cualquiera de nosotros. Tienen las mismas preocupaciones y los mismos sueños. No son extraterrestres. Y cuando mueren, como Santiago Carrillo o Roberto Soravilla, dejan un legado que nosotros debemos mantener. Nos quejamos de la clase dirigente que tenemos pero, en este país que claudica ante modas absurdas, los políticos están muy por encima de la media nacional.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito