ANÁLISIS DE INTERNACIONAL
El ataque de los micrófonos abiertos
Por Isaac Á. Calvo
3 min
Internacional24-09-2012
Los micrófonos son muy traicioneros. Es cierto que cumplen una enorme labor a la hora de hacer que el sonido sea más audible, pero también lo es que muchas veces se convierten en una especie de enemigo que juega malas pasadas. Este hecho se produce más por imprudencia de la víctima que por la maldad del micrófono. Aun así, los mal pensados creen que estos artilugios son cada vez más sofisticados y en su diseño prima más la estética que la lucecita que indica si están encendidos o apagados. Ay, la lucecita... El caso es que los micrófonos, en ocasiones, sirven para conocer qué piensan los políticos cuando creen que nadie los escucha y dejan a un lado lo políticamente correcto. En España hay perlas sonadas como el "vaya coñazo que he soltao" de José María Aznar cuando era presidente del Gobierno; el "mañana tengo el coñazo del desfile (del 12 de octubre)" que pronunció hace años Mariano Rajoy; las referencias del entonces presidente del Congreso José Bono llamando "hijos de puta" a los miembros de su propio partido; el "manda huevos" del también presidente del Congreso Federico Trillo; o el "lo que nos conviene es que haya tensión" que le decía José Luis Rodríguez Zapatero a Iñaki Gabilondo al finalizar una entrevista en televisión. La gente puede pensar que los políticos españoles son un caso aparte (que lo son), pero el ataque de los micrófonos abiertos también llega a otros países en donde, a simple vista, parece que hay más seriedad. Uno de los últimos ejemplos se encuentra en el candidato republicano a la Casa Blanca, Mitt Romney, quien, en un acto celebrado hace pocos meses, menospreció a una parte del electorado estadounidense cuando pensaba que todos los que le escuchaban eran amigos. Evidentemente, que las palabras de Romney se conozcan ahora, semanas después de haberlas pronunciado, es una mala pasada que alguien quiere jugarle para desacreditarlo e impulsar a su rival demócrata Barack Obama. En cualquier caso, el exceso de confianza puede pasarle factura a Mitt Romney, que debería tener más precaución para no enfadar a quien te puede llegar a votar... Y más teniendo en cuenta que él es el aspirante y que Obama ya lleva cuatro años en el poder y cuenta con la ventaja del más vale malo conocido que bueno por conocer. Sería bueno que los políticos abandonaran el discurso de lo políticamente correcto, dijeran sin tapujos lo que piensan, lo argumentaran y aplicaran medidas para solucionar lo que ellos realmente creen que está mal (siempre que no se vaya contra la ley). Si Romney opina que hay un 47 por ciento de la población que vive del Estado, al que no le gusta asumir responsabilidades y que siempre va a votar a Obama, que lo diga abiertamente y que plantee políticas constructivas para revertir esa situación. De este modo, quizá, parte de ese 47 por ciento se podría sentir motivado ante la nueva situación y sacaría a relucir todo el potencial (mucho o poco) que lleva dentro. Es posible que, al principio, este cambio en el discurso y en la actitud política genere controversia e incluso críticas. Sin embargo, con el tiempo, cuando se es honesto, sincero y leal se obtiene más credibilidad, mayor satisfacción personal, menos desencanto en la población y mejores resultados. El problema es que, muchas veces, los políticos solo ven a corto plazo, subestiman la capacidad de la población y piensan más en el interés propio que en el general.
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Isaac Á. Calvo
Licenciado en Periodismo
Máster en Relaciones Internacionales y Comunicación
Editor del Grupo AGD