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CREAR EN UNO MISMO

En busca del silencio perdido

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión17-10-2011

Karl Jaspers escribió en los años 50 que vivimos en la sociedad de la comunicación y que, paradójicamente, nos encontramos más solos e incomunicados que nunca. Tal vez porque confundimos la emisión y recepción de estímulos comunicativos con la verdadera comunicación. Los carteles de la ciudad, la radio, la televisión, el cine, los anuncios en todos los formatos y lugares, el mundo a un clic en el smartphone, el aislamiento musical o telefónico de los auriculares… todo este universo de estímulos nos envuelve las 24 horas del día. Los efectos que se derivan de esta forma de estar en el mundo son muchos y de toda índole. Muchos pueden estudiarse desde fuera, pero los que nos importan en este artículo son los de dentro. ¿En qué medida el mundo en que estamos sumergidos, del que no podemos escapar (del mismo modo que el pez no puede vivir fuera del agua) afecta a nuestro desarrollo personal y a nuestras relaciones con el mundo y con las otras personas? Frente a un mundo cargado de estímulos externos, nuestra reacción instintiva (como demuestran los trabajos de campo) es doble. Por un lado, somos llevados a la pura exterioridad. Saltamos constantemente de un estímulo a otro, de un espectáculo a otro, de una llamada de atención (visual, sonora, táctil, interactiva…) a otra, de una experiencia efímera y de consumo fácil a la siguiente. Por otro, buscamos protegernos del exceso de estímulos, hacemos callo en nuestra mirada y nuestro oído, lo insensibilizamos para protegernos del estímulo siguiente, hasta pasamos las páginas del periódico sin ver o registrar los anuncios. Nos protegemos de los estímulos, desarrollando nuestra insensibilidad hacia ellos (especialmente a los más discretos) y los generadores de estímulos se ven forzados a aumentar la carga espectacular de sus mensajes (más ruido, más alto, más visual, más atractivo, más grande, más provocador, más hiriente, más invasivo). Pura exterioridad e insensibilidad hacia las realidades más discretas. Ese es el doble resultado de vivir en un mundo hipermediatizado. Pero resulta que sin interioridad y sin la escucha silente a las realidades más discretas (que suelen ser las más valiosas) es imposible crear algo valioso, estable e íntimo en uno mismo. Sin silencio exterior e interior no es posible la escucha de lo valioso, que siempre se revela lento y discreto. No es posible tampoco el silencio de resonancia en nuestro interior, ese que permite la asimilación de lo valioso y la crítica y purga de lo nocivo. No es posible desarrollar nuestra sensibilidad hacia lo importante. Todo queda en la superficie, no hay diálogo interior, orden mental, memoria del corazón. Nada que no sea lentamente asimilado e incorporado en nuestro interior alcanza a motivarnos verdaderamente, a orientar nuestra vida hacia un destino o valor o sentido que ilumine cada una de nuestras decisiones. Es verdad que no podemos salirnos de este mundo. Es verdad que este mundo pone a nuestro alcance experiencias, bienes y servicios que nos permiten crear en nosotros mismos con mayor facilidad que en otras épocas. Pero, para lograrlo, debemos entrenarnos. Debemos discernir qué escuchar y mirar y qué no. Debemos reaprender a mirar y escuchar sin callos ni durezas, con sensibilidad hacia lo esencial. Debemos buscar tiempos y espacios para entrenar el silencio de resonancia, la asimilación y meditación de lo valioso, la reflexión sobre qué queremos ser y hacia dónde queremos caminar. La convicción que nos señala aquello que realmente amamos. Pues eso que amamos, aquello a lo que orientamos cada una de nuestras acciones, es lo que alcanzaremos a crear en nosotros mismos.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach