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El trabajo gustoso
Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión02-01-2011
“Siempre he sido feliz trabajando y viendo trabajar a gusto y con respeto, y por dondequiera que he ido he ayudado y exaltado este poético trabajar a gusto. Claro es que he tenido y han tenido los buenos trabajadores que pensaban como yo que luchar contra la incomprensión o la barbarie más o menos consciente del explotador enemigo de este trabajo gustoso, que, al fin y al cabo, habría de ser honor y éxito de su industria […] Pero también he sido testigo de grandes bellezas del trabajo por el trabajo o por una relación, un enlace, una escapatoria entre el trabajo y otra circunstancia que lo acompañaba hermosamente”. Son palabras de Juan Ramón Jiménez, suscitadas por sus encuentros con un jardinero sevillano y con un mecánico malagueño. No hay que escandalizarse de ese “trabajo por el trabajo” si entendemos lo que justamente quiere decir el poeta. No se refiere al trabajo como ganapán, ni al trabajo en orden a la máxima eficacia con el menor coste material y a cualquier coste humano. Habla del amor a la propia obra. De cómo, en nuestro hacer, lo importante no es cuánto hacemos, sino lo que ese hacer nuestro opera en los demás y en nosotros mismos. Determinadas acciones no miden su fecundidad lo por lo logrado con la acción, sino por lo significativo de la misma. Por lo que esa acción hace en nosotros y en quienes la contemplan. Así, el jardinero sevillano y el mecánico malagueño no sólo cuidan jardines y coches como nadie, sino que nos enseñan a amar más los coches y las flores. A amar su trabajo. Y nos invitan a amar el nuestro. En cierto modo, nos revelan que todo lo que hacemos encierra más valor que el resultado práctico de la acción… en la medida en que todo lo que hacemos es metáfora de otra cosa. Y esa otra cosa es el dinamismo de amor que nos mueve a nuestras mejores realizaciones, que nunca son cosas, sino que somos nosotros mismos. Aquel jardinero sevillano, aquel mecánico malagueño, tal y como nos los presenta Juan Ramón Jiménez en El trabajo gustoso, hicieron de su vida su mejor obra. Y estar con ellos, fuera en un jardín o en un taller, debía ser algo así como pisar los umbrales de ese lugar donde la vida se ensancha.