¿TÚ TAMBIÉN?
Filosofía e ideología
Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión17-10-2010
Todos los hombres somos, por naturaleza, filósofos. Nos hacemos preguntas, especialmente sobre la vida (al menos, sobre nuestra vida) y queremos encontrar respuestas. Respuestas ciertas. Respuestas a las que agarrarnos, desde la que orientar nuestra existencia. Cuando no lo hacemos así, no vivimos, es la vida y sus urgencias la que termina por gobernarnos a nosotros. Pero, en los últimos siglos, algunas filosofías se volvieron ideología; y las ideologías se disfrazaron de filosofía. Con ese disfraz, las ideologías han invadido todo. Hoy resulta difícil explicarle a un chico de 18 años que no todo pensamiento es ideología. Que la filosofía auténtica no es ideología. Que la religión auténtica no es ideología. Y, no digamos ya, que la política auténtica jamás es ideología. ¿Cómo convencerles de ello? Quizá la respuesta esté, como siempre, en el origen. Sócrates no hacía ideología, sino filosofía. Precisamente por eso fue condenado a muerte por ideólogos atenienses: obligaba a pensar. Obligaba a los jóvenes a cuestionarse el discurso políticamente correcto que auto-justificaba la acción de los poderosos. Así empezó su aventura intelectual, según la relata Platón, en boca del propio Sócrates: «Querefonte fue una vez a Delfos y tuvo la audacia de preguntar al oráculo si había alguien más sabio que yo. La Pitia le respondió que nadie era más sabio. Tras oír yo estas palabras reflexionaba así: “¿Qué dice realmente el dios y qué indica en enigma?” Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho. Más tarde, a regañadientes, me incliné a una investigación del oráculo del modo siguiente. Me dirigí a uno de los que parecían ser sabios, en la idea de que allí refutaría el vaticinio. Ahora bien, al examinar a éste, experimenté lo siguiente, atenienses: me pareció que otras muchas personas creían que este hombre era sabio y, especialmente, lo creía él mismo, pero que no lo era. Al retirarme de allí razonaba a solas que yo era más sabio que aquel hombre. Es probable que ni uno ni otro sepamos realmente nada que tenga valor, pero este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber». Mingote ilustró para Abc, hace ya algunos años, muchas viñetas sobre las ideologías. En todas ellas había un factor común: quien no tiene ideología, piensa. Quien la tiene, ya sabe qué debe pensar sobre cualquier cosa. Sócrates, antes de ser condenado a muerte, pide con fina ironía un favor a sus verdugos: «Os pido una sola cosa. Cuando mis hijos sean mayores, atenienses, castigadlos causándoles las mismas molestias que yo a vosotros: si os parece que se preocupan del dinero o de otra cosa cualquiera antes que de la virtud, y si creen que son algo sin serlo, reprochádselo, como yo a vosotros». Las ideologías usan las palabras como balas y dividen a los hombres, pues un pueblo dividido es fácilmente manipulable. La filosofía usa las palabras como puentes y trata de unir a los hombres en su reflexión sobre lo más importante... aunque no siempre encuentre respuestas fáciles. Pero allí donde los hombre son todavía filósofos y no ideólogos, es posible edificar ese lugar donde la vida se ensancha.