SIN CONCESIONES
Desayuno con tostadas
Por Pablo A. Iglesias
3 min
Opinión18-01-2010
Qué cómodo es observar lo que pasa en el mundo desde el sofá. Sólo hay que encender el televisor. En cuestión de segundos pasas de Washington a Jerusalén y de Cádiz a San Sebastián mientras degustas las tostadas del desayuno. Resulta de lo más placentero hasta que aparece el vídeo de Haití y el pan con mermelada se espesa como si fuese un mendrugo reseco. Es la señal ineludible de que nuestro corazón está vivo. No me refiero a que sigue latiendo, sino a que siente las desgracias ajenas como propias y se comporta como si en la distancia padeciera el dolor de quienes lo han perdido todo: casa, pertenencias, familia, etc. Casi todos nos hemos sentido haitianos al contemplar la destrucción ocasionada por el terremoto de Puerto Príncipe. Un segundo, unos minutos, quizá toda la semana... la compasión es una prueba de que reconocemos el drama ajeno y nos solidarizamos con quien lo padece. No está mal sentir lástima por los demás, siempre que a continuación no nos quedemos con los brazos cruzados ni miremos hacia otro lado. En España, las administraciones públicas han reaccionado muy rápido y muy bien ante el seísmo de Haití. Hay que reconocer que nuestros políticos suelen estar siempre a la cabeza del mundo en este aspecto. Seguramente sea porque el terrorismo de ETA nos ha hecho más sensibles a las desgracias y nos ha ayudado a reaccionar con más celeridad ante ellas. Tengo que admitir que, en esto, el Gobierno de Zapatero acierta como pocos. Sólamente tras el atentado de la T-4 de Barajas reaccionó con lentitud, más influido por la mala conciencia de estar negociando con los terroristas que por las consecuencias de la bomba. Puede ser por reflejos, por oportunismo político o sólo por distraer la atención. Lo cierto es que Zapatero ha actuado con agilidad tras la catástrofe de Haití, mucho más que los gobiernos de Aznar ante tragedias similares. Quizá también se atragantó con la tostada mientras desayunaba al día siguiente del terremoto. Es una suposición, aunque en tal caso debería ocurrirle cada mañana cuando hablan de los datos del paro, de la destrucción de empresas, de los maltratos a niños, de los muertos en las carreteras, de la violencia de género y de tantos y tantos problemas que nos rodean aunque los tengamos tan interiorizados que les restemos importancia. Supongo que esto es lo que pretendía decir el obispo Munilla con su desafortunada comparación entre España y Haití. Es una bendición que se nos quiten las ganas de desayunar en días como estos. La pena es que haya hombres que de vez en cuando necesitan una catástrofe para despertar sus corazones. El drama nos acerca a nuestra esencia como seres humanos y nos recuerda nuestra lucha permanente por la felicidad. Las desgracias también nos acercan a Dios, aunque en medio de la muerte y los escombros de Puerto Príncipe nos preguntemos por qué permite tanto dolor. Deberíamos entender que el sufrimiento es el motor para aprender de los errores, para valorar lo importante de la vida, para superar los malos momentos y para querer ser feliz. En medio del llanto, en Haití se obran auténticos milagros en cada superviviente o en los niños recién nacidos tras el tormento. En Haití, también está ocurriendo ahora mismo todo esto, aunque no salga en el telediario y muchos periodistas no lo cuenten en las noticias que leemos mientras nos tomamos la tostada.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito