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ROJO SOBRE GRIS

Burbujas

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura3 min
Opinión21-12-2009

Mi ahijado se tiró al suelo y no quiso salir a cantar en el festival de Navidad de su colegio. Vamos, que montó el numerito. Dijo que no salía, y no salió. No le amedrentan los castigos. ¿Qué hay que pasarse toda la tarde solo sin jugar? Pues vale. Pero yo ahora no salgo a cantar y me quedo aquí pegado al suelo con toda la fuerza de mi cabezonería. Los padres de mi ahijado organizan una cena con los padrinos de sus hijos todas las Navidades, y en la de este año comentábamos la jugada de mi querido Jaime. “Es terco, como su padrino” –se comentó. Para mis adentros yo pensé: “Y quizás un poco menos que su madrina...”. Esta semana es Navidad. Nos decía don Alfonso López Quintás hace unos días que las fiestas son el momento en el que se celebra algo que, en realidad, festejamos todo el año, todos los días, cada instante. Año tras año, lo celebramos otra vez porque los hombres necesitamos insistir, que se nos insista, que se nos recuerde la importancia de las cosas para tenerlas presentes y para configurarnos con ellas. Para los lentos en entender, como yo, es un alivio poder volver a empezar, tener otra oportunidad una y otra vez. Yo me cojo pataletas como las de mi ahijado de forma cíclica. Con razón o sin ella -¡qué más da!- lo cierto es que sería muchísimo más maduro reaccionar de otra manera ante las circunstancias. Yo preferiría y desearía ser mejor. Me lo propongo, luego se me olvida que me lo he propuesto, y vuelvo a caer en la misma piedra. Podría ser frustrante. Podría dejarme por imposible, abandonarme, justificarme y dejarlo de intentar. Pero yo quiero creer que, por mucho que sea la misma piedra con la que tropiezo –o las mismas piedras, que son varias-, la que se tropieza no es siempre la misma. Quiero creer que no es por mi virtud ni por mi hacer sobre mí misma la causa por la que esa que cae no sólo no es la misma, sino que es mejor. Yo no lo noto. Me veo tan imperfecta y tan limitada como siempre; tan terca y tan egoísta y tan vanidosa como siempre. Pero confío en que ese Niño que es Dios, que fue la luz en la oscuridad de la noche de Belén, también ilumina la oscuridad de mi noche aunque yo sea una ciega que volverá a tropezar. Me lo contaban también esta semana. Si hay una cosa a la que nos quedamos mirando como hipnotizados durante largos ratos en las cenas y comidas de Navidad es en las burbujitas que desde el fondo de la copa suben hasta la superficie del champán. ¿Saben por qué el champán hace esas burbujas tan bellísimas? Son las imperfecciones del cristal de la copa. Es precisamente en esos puntos en que la superficie no es perfectamente lisa donde nacen las hileras de burbujillas chispeantes. Es en nuestro pesebre, en nuestra pobreza, en nuestra basurilla y en nuestras imperfecciones donde viene Dios a nacer... otra vez. A limpiarnos, a sanarnos, a salvarnos por su amor. Rojo sobre gris a las burbujas del champán. Cuando las miren estos días, acuérdense del que nace. Si es verdad, hay esperanza. Feliz Navidad.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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