ANÁLISIS DE ECONOMÍA
XIX-XXI
Por Gema Diego
3 min
Economía13-12-2009
Es triste que continuemos necesitándolos, pero el caso es que los necesitamos. Y es así porque las relaciones laborales siguen concibiéndose en pleno siglo XXI como si permaneciésemos anclados en el XIX. Cuando arrecian las críticas contra los sindicatos -que si critican a la patronal cuando deberían dedicarse a derrocar al Gobierno; que si reciben dinero en subvenciones del Estado y lo malgastan; que si están empeñados en lastrar la supervivencia de las empresas con sus exigencias; en fin, que si para qué sirven en realidad-, tendríamos que darnos cuenta de que, sin ellos, no tendríamos derechos como trabajadores. Sin ellos, no habría absolutamente nada que mediara entre un empleado y una empresa. El empresario podría poner las condiciones que quisiera -desiguales en función de cada persona, con remuneraciones distintas para tareas idénticas- y el trabajador estaría indefenso ante cualquier abuso, ante cualquier orden de realización de horas extra, de cambio de turno o de función. En caso de despido, no habría ley ni protección ninguna. Ni habría permisos por maternidad o paternidad, o derecho a conservar el puesto tras una baja por enfermedad. Y cuanta mayor demanda de empleo hubiera, la ley del libre mercado ajustaría el salario a la baja hasta niveles irrisorios. Tal como en el siglo XIX. La lucha por los derechos laborales ha sido muy larga desde la Revolución Industrial, pero aquí parece que no se ha hecho nada y que los sindicatos son un elemento molesto y hasta parásito. Después de la manifestación del pasado día 12, la patronal sólo insiste en que quiere una reforma laboral que abarate el despido, y el PP se empeña en que los sindicatos tendrían que cargar las tintas contra el Gobierno, que es el que tiene la culpa de la crisis. Como siempre, la verdad está en los grises, no en los extremos, y la labor sindical va más allá de tirarle de las orejas a los gobiernos -a todos, central, regionales, locales- o de ponerse pesados con pequeñas tonterías que fomentan la rigidez del sector productivo. Deberíamos tomar conciencia de que la culpa de la crisis la tienen la especulación y la inopia en la que han vivido nuestros responsables políticos, no los trabajadores por pelear por sus derechos, por luchar por que el trabajo sea un lugar de realización personal y desarrollo humano a la vez que un ámbito económico desde el cual contribuir a la prosperidad del país. Pero resulta que lo que se quiere recortar son, precisamente, los derechos de los trabajadores para acabar con la crisis. Con la especulación y las malas políticas se tienen más miramientos. Estamos en el siglo XXI y lo ideal sería que no necesitáramos a los sindicatos porque tanto empresarios como trabajadores negocian de igual a igual y, mientras, los gobiernos protegen estos hilos económicos; ojalá no los necesitásemos porque los jefes fueran comprensivos y perfectos y estuviesen siempre alerta para la felicidad de sus empleados. Pero esto no es lo que sucede y, a falta de mundos ideales, de momento sólo tenemos a los sindicatos para que ejerzan de freno ante una multiplicación de las tropelías en nombre de los beneficios económicos.
